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¡Panamá, no te dejes atrapar! Lo esencial de ayer, hoy es fatuo

¿Estamos normalizando la indecencia como forma de vida?

Vivimos en una época en la que lo esencial —la honestidad, el servicio público y el respeto por el bien común— ha sido desplazado por la simulación, el oportunismo y la ambición desmedida. ¿Qué ha cambiado: los valores o la forma de perseguir la felicidad?

“Lo que es esencial y prioritario, hoy es considerado fatuo e insignificante.”

Esta frase resume con crudeza el desconcierto de quienes, desde una perspectiva ética y formativa, observamos cómo se ha invertido el orden de lo valioso. En tiempos donde la apariencia supera a la sustancia y el oportunismo desplaza a la vocación de servicio, cabe preguntarse: ¿cuál es la génesis de este cambio de actitudes que antes eran amorales y hoy se toleran como parte del paisaje?

Vivimos inmersos en una cultura del saqueo. No como espectadores pasivos, sino como actores que —por acción u omisión— hemos permitido que la indecencia se normalice en el ejercicio público. ¿Qué impulsa a gobernantes y servidores a actuar en contra de los valores que deberían regir sus funciones? ¿Es acaso el poder político una vía rápida hacia la riqueza personal?

Desde mi experiencia vital y profesional en mi natal Perú, pasando por Venezuela, he sido testigo de cómo el sector público —que debería ser el hilo conductor del bienestar colectivo— ha sido secuestrado por intereses particulares. La corrupción no es exclusiva del Estado, pero su impacto allí es más profundo, porque distorsiona el propósito mismo de gobernar: generar equilibrio económico, garantizar salud y educación, proteger a la ciudadanía y proyectar nuestras capacidades productivas al mundo.

En lugar de eso, se han creado castas que se enriquecen impunemente, mientras magistrados y legisladores operan en connivencia con grupos de poder y delincuentes. La justicia se convierte en herramienta de protección para los corruptos, y el ciudadano queda atrapado en una espiral de desconfianza y resignación.

¿Será que los valores cambiaron o simplemente se ha transformado la forma de buscar bienestar y felicidad?

Hoy, en mi tránsito por la séptima década de vida, me pregunto si soy un desubicado del presente. Los valores morales y éticos que nos inculcaron en la escuela y la universidad parecen hoy obsoletos. Lo que antes era indecente, hoy se celebra. Lo que antes era esencial, hoy se ridiculiza. Y en medio de esta confusión, la tecnología —que bien puede acercarnos a nuestros seres queridos— también ha abierto la puerta a una nueva forma de deshonestidad: la ambición por un “like”, por una historia falsa que se monetiza, por una fama efímera que se construye sobre la pérdida de conciencia.

Pero no todo está perdido. Creo firmemente que se puede crecer individualmente aportando valor a la sociedad. Para ello, propongo rescatar el principio filosófico africano del Ubuntu: “Soy porque somos”. Esta idea, que reconoce nuestra interdependencia, puede ser el antídoto contra el egoísmo rampante y la simulación que nos rodea.

La pregunta final sigue en pie: ¿cambiaron los valores o cambió la forma de perseguir la felicidad? Tal vez ambas. Pero si queremos reconstruir el tejido ético de nuestras sociedades, debemos empezar por reconocer que el bienestar no se mide en likes ni en cuentas bancarias, sino en la capacidad de vivir con dignidad, en comunidad y con propósito.

Consultor en modernización institucional.


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