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Panamá: un sistema de salud en cuidados intensivos

El sistema de salud panameño enfrenta una crisis estructural que se manifiesta en múltiples frentes: casos de mala práctica médica en hospitales públicos, duplicación institucional entre el Ministerio de Salud (MINSA) y la Caja de Seguro Social (CSS), debilidad del primer nivel de atención, desabastecimiento de medicamentos y profundas desigualdades sociales. En síntesis, una gran insatisfacción de los usuarios. A ello se suman carencias crónicas de insumos, largas listas de espera y la percepción de un trato inadecuado.

Los recientes escándalos de negligencia en hospitales públicos han deteriorado la confianza de la población. La insatisfacción ciudadana constituye hoy un obstáculo crítico para la legitimidad del sector.

Lo más preocupante es que esta crisis ocurre a pesar de que Panamá mantiene uno de los gastos en salud per cápita más altos de América Latina, comparable a Chile y Costa Rica, sin que ello se refleje en mejores indicadores.

Aunque Panamá invierte cerca del 6% de su PIB en salud, sus tasas de mortalidad infantil y materna duplican las de Costa Rica y casi triplican las de Chile, con profundas desigualdades en áreas rurales e indígenas. Ello obedece a un modelo ineficiente, que en lugar de fortalecer la atención primaria se ha centrado en construir hospitales de alto costo: megaobras que han absorbido cuantiosos recursos en detrimento de programas con mayor impacto en la población rural y comarcal.

En medio de la crisis, algunos sectores plantean la privatización como alternativa para mejorar la eficiencia. No obstante, la evidencia internacional desmiente esa premisa. Una reciente revisión en Europa concluyó que los hospitales públicos son tan eficientes, o más, que los privados, en particular los de carácter lucrativo.

En Panamá, donde más de una cuarta parte del gasto en salud proviene directamente de los bolsillos de las familias, una mayor privatización solo profundizaría las inequidades, elevando las barreras económicas de acceso y debilitando la noción de la salud como derecho humano. La OPS y la CEPAL insisten en que la solución no está en privatizar, sino en integrar el sistema público, fortalecer la atención primaria y establecer mecanismos solidarios de financiamiento universal.

Cabe señalar que no ha sido por falta de propuestas que los problemas no se han enfrentado. Ya en 2015, la Mesa de Diálogo por la Salud elaboró el Libro Blanco, adoptado como política de Estado en 2022. Este documento identificó 108 recomendaciones, entre ellas: priorizar la prevención y la atención primaria, construir un sistema público integral con rectoría del MINSA, mancomunar los fondos para eliminar la fragmentación MINSA-CSS, asegurar sostenibilidad financiera con al menos un 6% del PIB en salud e incorporar la educación, el agua, la vivienda y el saneamiento como determinantes de la salud.

El sector sigue enfrentando la falta de voluntad política para poner en práctica este programa de transformación profunda. El reciente debate nacional sobre la reforma de la CSS lo evidenció: se centró casi exclusivamente en el fondo de pensiones IVM, dejando intacta la necesidad de evolucionar integralmente el sistema de salud. Los ajustes aprobados fueron parciales, de corto plazo y no resolvieron las deficiencias estructurales.

Sin embargo, pese al desgaste político, aún no es tarde para acometer una reforma profunda. La crisis sanitaria, las desigualdades persistentes y el retroceso en los indicadores hacen que sea más urgente que nunca. El sistema de salud panameño está enfermo: es ineficiente, fragmentado, desigual y con limitada capacidad de respuesta. La evidencia regional y nacional coincide en que el camino es retomar el liderazgo histórico en salud comunitaria, fortalecer la atención primaria, la prevención y promoción, unificar al MINSA y la CSS, y garantizar un financiamiento solidario.

Para lograr esta transformación se requiere un pacto social integral que restaure la cohesión social y política del país y que no soslaye la reforma urgente de un sistema de salud que yace, casi inerme, en cuidados intensivos.

El autor es médico salubrista.


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