Mucho antes del Canal, mucho antes de la República, nuestra geografía ya nos había señalado un destino: ser el gran punto de encuentro de los océanos, las rutas comerciales y los pueblos del mundo.
Sin embargo, a pesar de haber recibido uno de los privilegios geográficos más extraordinarios del planeta, muchas veces hemos actuado como un país incapaz de comprender la magnitud de su propio destino.
Vivimos lamentándonos de las oportunidades perdidas. Y quizás una de las más importantes ocurrió hace más de diecisiete años, cuando Panamá presentó ante los presidentes de Mesoamérica un proyecto visionario: la navegación de corta distancia, conocida en Europa como las “autopistas del mar”.
Ese proyecto —el único gran proyecto estratégico presentado por Panamá a Mesoamérica— proponía utilizar el mar como la gran plataforma de integración regional.
Mesoamérica no era solamente Centroamérica. También integraba a México y Colombia. La visión era enorme.
Mientras la región dependía casi exclusivamente del transporte terrestre, miles de camiones enfrentaban carreteras deficientes, largos tiempos de espera y el paso por múltiples sistemas aduaneros que frenaban el comercio regional.
Pero había algo que parecía invisible para muchos gobiernos: dos océanos rodeaban la región. Y el mar, silenciosamente, seguía ahí. Esperando.
Porque en el mar no hay que construir carreteras. El mar ya está ahí.
Europa entendió esta verdad hace décadas. Las “Motorways of the Sea” revolucionaron el comercio europeo utilizando rutas marítimas de corta distancia para conectar puertos, reducir costos logísticos y descongestionar carreteras.
España, Italia, Grecia y el norte de Europa transformaron el mar en una gigantesca autopista líquida que incrementó el intercambio económico y fortaleció su integración regional.
Asia hizo exactamente lo mismo.
Singapur —país donde viví durante los años en que los ingleses entregaron el puerto a los singapurenses— entendió que el mar no separa naciones: las conecta.
China convirtió su navegación costera en un instrumento de expansión económica. Japón desarrolló redes marítimas internas que redujeron enormemente sus costos logísticos. Corea del Sur hizo de sus puertos centros industriales y tecnológicos conectados permanentemente por mar.
La historia también nos deja una enseñanza poderosa.
Los fenicios construyeron redes comerciales marítimas siglos antes de Cristo. Los griegos integraron sus ciudades por mar y expandieron su cultura a través de la navegación. Venecia y Génova dominaron el comercio europeo utilizando rutas marítimas regionales.
Las grandes civilizaciones entendieron algo fundamental: quien domina el mar multiplica su prosperidad.
Panamá tuvo la oportunidad de liderar esa transformación en Mesoamérica.
Cuando presentamos el proyecto de navegación de corta distancia ante los presidentes de la región, el respaldo fue inmediato. Todos comprendieron el enorme potencial económico de utilizar el mar como herramienta de integración.
El Banco Interamericano de Desarrollo reaccionó rápidamente y asignó recursos para realizar los estudios de factibilidad. Panamá dirigiría aquel proceso a través de la Autoridad Marítima. Era el inicio de una nueva visión marítima regional.
Pero entonces ocurrió lo que tantas veces sucede en nuestro país: cambió el gobierno. Y con el cambio llegó la ceguera burocrática.
El nuevo administrador de la Autoridad Marítima rechazó el proyecto con una ignorancia estratégica difícil de comprender. Fue necesario trasladar rápidamente la iniciativa a Cocatram para evitar su desaparición.
Panamá perdió así una oportunidad histórica.
Hoy podríamos tener:
• Una poderosa marina regional de cabotaje.
• Nuevos puertos especializados.
• Astilleros de mantenimiento.
• Centros logísticos costeros.
• Miles de empleos marítimos.
• Nuevas cadenas regionales de suministro.
• Integración comercial marítima entre México, Centroamérica, Colombia y Panamá.
Pero preferimos mirar hacia otro lado. Y así, una vez más, nos convertimos en el país de las oportunidades perdidas.
Mientras otras naciones construyen futuro utilizando el mar, nosotros seguimos reduciendo el cabotaje a pequeños monopolios cerrados y a visiones limitadas que contradicen la naturaleza marítima de Panamá.
Eso debe cambiar.
La Constitución panameña es clara. El artículo 317 establece que el Canal de Panamá y todas las actividades vinculadas al sector marítimo deben formar parte de una Estrategia Marítima Nacional.
No es una sugerencia. Es un mandato constitucional.
Y precisamente ahora, cuando vuelve a discutirse la necesidad de construir una verdadera estrategia marítima para el país, Panamá tiene la obligación histórica de rescatar aquellos estudios financiados por el BID y actualizarlos conforme a las nuevas realidades del comercio mundial.
La navegación de corta distancia debe convertirse en uno de los pilares fundamentales de la nueva estrategia marítima panameña.
Porque el Canal no puede seguir funcionando como un enclave aislado del resto del país. El Canal debe ser el corazón de una gran visión marítima nacional.
Una visión que conecte nuestros puertos, nuestras provincias, nuestros productores y nuestras rutas comerciales. Una visión que convierta a Panamá en el gran centro de integración marítima de Mesoamérica.
El mundo está cambiando rápidamente. Las cadenas logísticas se reorganizan. Los costos terrestres aumentan. La eficiencia marítima vuelve a ser determinante.
Y mientras el mundo cambia, el mar sigue ahí. Esperando que Panamá finalmente comprenda su destino.
No nacimos para ser espectadores de nuestra geografía. Nacimos para liderarla.
Y quizás haya llegado la hora de dejar de ser el país de las oportunidades perdidas para convertirnos, por fin, en el país que entendió el llamado del mar.

