Recientemente planteaba una idea incómoda: Panamá está dentro de una competencia entre potencias, aunque preferiría comportarse como simple espectador.
Pero saber que existe un juego no basta. Hay que entender cómo se juega.
Uno de los conceptos más fascinantes de la estrategia es que tener poder y poder utilizarlo no son exactamente lo mismo.
Una amenaza solo funciona cuando el otro cree que estamos dispuestos a cumplirla.
Parece evidente. No lo es.
Un gobierno puede anunciar consecuencias terribles ante determinada conducta y descubrir después que ejecutarlas sería demasiado costoso para él mismo. Si el adversario llega a la misma conclusión, aquella amenaza espectacular pierde todo valor.
La credibilidad vale entonces tanto como la fuerza.
Esto explica una paradoja que incomoda a muchos políticos: algunas veces, tener demasiadas opciones nos debilita.
Imaginemos una negociación en la que una persona asegura que no puede aceptar menos de determinada cantidad porque carece de autoridad para hacerlo. Su aparente debilidad puede convertirse en fortaleza. El otro ya no intenta convencerla porque sabe que simplemente no puede ceder.
En cambio, al negociador con autoridad absoluta pueden exigirle hasta el último minuto.
La política internacional está llena de situaciones semejantes.
Por eso existen tratados, leyes, compromisos públicos y líneas rojas. También por eso los países protegen su reputación. No se trata únicamente de orgullo nacional. Cuando un Estado incumple repetidamente sus propias advertencias, los demás aprenden que sus amenazas pueden ignorarse.
Aquí aparece una lección particularmente importante para Panamá.
Durante décadas hemos confundido flexibilidad con inteligencia diplomática. Queremos quedar bien con todos, mantener abiertas todas las puertas y evitar cualquier costo inmediato. Esa habilidad puede ser útil. Pero, llevada al extremo, también enseña a nuestros interlocutores que siempre terminaremos acomodándonos.
Y un país al que todos consideran acomodable pierde capacidad de negociación.
La estrategia tampoco consiste en amenazar permanentemente. Una amenaza sin salida puede ser tan peligrosa como una amenaza poco creíble.
Si colocamos al contrario ante solo dos opciones —rendirse o sufrir un daño enorme—, podemos terminar empujándolo precisamente hacia la confrontación que queríamos evitar.
Toda disuasión inteligente necesita una puerta de salida.
Eso vale para Estados Unidos frente a China, para China frente a Estados Unidos y también para Panamá cuando negocia con cualquiera de los dos.
La pregunta correcta no es cuánto daño podemos causar. La pregunta es qué comportamiento queremos obtener.
Esa diferencia separa la estrategia del berrinche.
Panamá necesita definir cuáles son sus intereses permanentes: la neutralidad del Canal, la seguridad de la ruta, el acceso a mercados, la inversión extranjera, la soberanía nacional, la seguridad jurídica y la capacidad de mantener relaciones económicas amplias sin convertirnos en plataforma de confrontación de terceros.
Después viene la parte difícil.
Decidir qué estamos realmente dispuestos a hacer para defenderlos.
Porque una línea roja que nadie está dispuesto a defender es peor que no tener línea roja.
La primera demuestra prudencia.
La segunda demuestra debilidad.
Y las grandes potencias tienen una extraordinaria capacidad para distinguir entre ambas.
El autor es cirujano sub especialista.

