Un reto que Panamá no puede seguir postergando: soberanía alimentaria, semillas y aprovechamiento integral de la producción.
Hablar de soberanía alimentaria en Panamá no es un ejercicio teórico ni un debate coyuntural. Es abordar una de las responsabilidades más sensibles del Estado: garantizar que la población tenga acceso real, continuo y digno a los alimentos. Hoy, el país no puede afirmar con certeza que esa condición esté plenamente asegurada, y reconocerlo con seriedad es un deber institucional.
Durante décadas se ha equiparado la seguridad alimentaria con la capacidad de importar alimentos cuando la producción nacional resulta insuficiente. Sin embargo, las crisis recientes dejaron una lección clara: cuando el mundo se tensiona, cada país protege lo suyo. Las cadenas de suministro se rompen, los precios se elevan y los alimentos dejan de llegar. Persistir en una dependencia estructural del exterior no es previsión; es vulnerabilidad.
Producir no basta si no se transforma
Panamá produce alimentos, pero pierde una parte significativa de esa producción después de la cosecha. Frutas, hortalizas, granos y otros rubros quedan fuera del mercado no por razones sanitarias, sino por exigencias comerciales relacionadas con tamaño, forma, maduración u oferta estacional. Alimentos aptos para el consumo humano se desperdician, mientras el país importa productos que podrían aprovecharse y transformarse localmente.
Cada cosecha que se pierde sin procesarse representa alimento desperdiciado, ingresos que no llegan a los hogares, trabajo que no se remunera y una economía que se debilita innecesariamente. Transformar no es una actividad secundaria: es cerrar el ciclo agroalimentario.
El llamado “producto de rechazo”
El término producto de rechazo ha sido utilizado de forma equivocada. En la mayoría de los casos no se trata de alimentos dañados ni inseguros, sino de productos que no cumplen criterios estéticos del mercado. Este lenguaje ha normalizado el desperdicio.
No es alimento rechazado, es alimento no comercializado, y debe reincorporarse al sistema mediante procesos de transformación. Cambiar el lenguaje es cambiar la lógica productiva.
Transformación y conservación: conocimiento disponible, decisión pendiente
La transformación de alimentos permite convertir excedentes y productos no comercializados en conservas, fermentados, deshidratados, encurtidos, ahumados y preparaciones procesadas mediante calor o frío, extendiendo su vida útil sin comprometer calidad ni inocuidad.
Estas prácticas no son nuevas. Forman parte del conocimiento alimentario más antiguo de la humanidad y han estado presentes en los hogares y el campo panameño durante generaciones. Hoy requieren reforzamiento técnico, formación actualizada y criterios claros de control y calidad. Recuperar y fortalecer estos saberes no es retroceder: es construir resiliencia.
Infraestructura existente y formación aplicada
En las regiones donde existe presencia del Ministerio de Desarrollo Agropecuario hay instalaciones subutilizadas que pueden adaptarse para la transformación de alimentos. No se trata de crear nuevas infraestructuras, sino de aprovechar las existentes con criterios técnicos definidos.
Estos espacios deben funcionar como centros de formación práctica y acompañamiento, donde productores y emprendedores adquieran conocimientos replicables en el hogar, siempre bajo Buenas Prácticas de Manipulación y fichas técnicas aprendidas.
El hogar, los huertos y la economía cotidiana
La transformación de alimentos no es exclusiva del ámbito rural. Incentivar huertos caseros en patios, balcones o terrazas permite producir insumos básicos para una alimentación sana y sostenible.
Cuando el conocimiento llega al hogar, se fortalece la economía doméstica, se promueve el trabajo compartido y se construye resiliencia. Programas sostenidos de huertos caseros permiten sembrar con propósito, fomentar el autoconsumo responsable y generar excedentes transformables, siempre con acompañamiento técnico e institucional.
Educación técnica: una oportunidad desaprovechada
En los Institutos Profesionales y Técnicos existe producción agrícola, ganadera, avícola, acuícola y porcina. Sin embargo, esta suele consumirse de forma inmediata, sin integrarse a procesos sistemáticos de transformación y conservación.
Esta omisión es una falla estructural. No se está enseñando a cerrar el ciclo productivo. Incorporar de manera obligatoria la transformación, el manejo postcosecha y el conocimiento sobre semillas es una necesidad impostergable.
La semilla: base de la soberanía
No existe soberanía alimentaria sin soberanía semillera. Panamá depende de semillas importadas para cultivos estratégicos como arroz, maíz y hortalizas. Esta dependencia eleva costos y limita la autonomía del productor.
En febrero de 2026, el Gobierno autorizó mediante el Decreto Ejecutivo No. 2 la importación de semilla de arroz certificada para el ciclo 2026–2027. Aunque presentada como medida extraordinaria, confirma una dependencia persistente incluso en cultivos básicos.
El tipo de semilla y la dependencia inducida
El uso extendido de semillas híbridas, que no conservan sus características en generaciones posteriores, impide al productor guardar y reproducir su propia semilla. No es desconocimiento, sino dependencia inducida por la oferta disponible y la ausencia de una política pública equilibrada.
¿Quién protege al productor?
Proteger al productor no es solo acompañarlo en la siembra; es garantizarle condiciones para decidir, conservar y sostener su producción sin quedar atrapado en un modelo de compra permanente.
Impacto económico de la dependencia semillera
Panamá destina alrededor de 30 millones de dólares anuales a la importación de semillas. Son recursos que podrían invertirse en investigación nacional, bancos de semillas y fortalecimiento del productor. Mientras algunos ganan, el país pierde autonomía.
Mucho conocimiento, poca ejecución
Panamá no carece de diagnósticos. Abundan estudios y capacitaciones, pero su impacto territorial es limitado. El conocimiento que no llega al campo se convierte en adorno.
Acompañar al agricultor es estar presente, respaldar sus decisiones y reconocer su rol estratégico. Abandonarlo frente a riesgos climáticos y económicos es una falla grave del sistema.
La pregunta es inevitable: si todos saben esto, ¿por qué no cambia?La respuesta no es técnica. Es de voluntad, ejecución y responsabilidad institucional.
Presencia técnica real
Una debilidad central es la escasa presencia técnica en el campo y la concentración de personal en oficinas. Sin acompañamiento sostenido no hay mejora productiva ni confianza.
Instituciones y responsabilidad
Al MIDA le corresponde la presencia técnica y el manejo postcosecha;al IDIAP, la investigación aplicada y la producción de semillas;al MEDUCA, la formación técnica integral;al MINSA, la regulación sin asfixia productiva;al MICI, MEF y la Asamblea Nacional, decisiones que no debiliten la soberanía alimentaria.Municipios y juntas locales también cumplen un rol clave en el territorio.
Cierre
Panamá no enfrenta un problema nuevo, sino una decisión postergada. Desperdiciar alimentos, depender de semillas externas y mantener estructuras ausentes del campo tiene consecuencias directas en cada hogar.
El alimento no es una mercancía cualquiera: es un derecho y una responsabilidad de Estado. Garantizarlo es una obligación ética, social y política que no admite excusas ni dilaciones.
Una golondrina no hace verano, pero sí lo anuncia. Este texto no pretende ser la única respuesta, sino el inicio de una reflexión seria sobre el país que queremos alimentar, proteger y sostener.
La autora es educadora.


