Los panameños solemos hablar de nuestras ventajas geográficas como si fueran una garantía automática de competitividad. Y, sin duda, pocos países poseen un conjunto de activos estratégicos comparable: un canal interoceánico, puertos de clase mundial, un ferrocarril transístmico, el mayor registro de naves del planeta, zonas logísticas y un hub aéreo con conectividad hemisférica.
Sin embargo, el verdadero desafío del país no es la falta de activos. El desafío es la falta de articulación estratégica entre ellos. Ese es el punto central que Panamá todavía no termina de resolver.
Durante décadas, el país ha construido y ampliado componentes individuales de un poderoso conglomerado marítimo y logístico. Pero esos componentes continúan operando, en gran medida, como activos funcionales que interactúan entre sí, sin necesariamente formar parte de un sistema plenamente integrado bajo objetivos nacionales compartidos. Y esa falta de articulación limita la captura de valor.
Con frecuencia medimos la importancia del sector por su aporte al PIB. Pero la verdadera pregunta no es cuánto aporta. Es cuánto más podría valer si operara con mayor integración, coordinación y cohesión estratégica.
La necesidad de una Estrategia Marítima Nacional no es una idea nueva. Panamá ya reconoció esa necesidad cuando creó, en 2008, el Consejo Interinstitucional para la Estrategia Marítima Nacional (CIEMN). Pero dicho Consejo nunca se conformó mediante Decreto Ejecutivo. Además, el propio Título Constitucional sobre el Canal establece una lógica que vincula los activos canaleros con los intereses permanentes del desarrollo nacional.
El problema no es conceptual. El problema es la falta de continuidad y ejecución.
Hoy la urgencia es mayor porque el entorno internacional está cambiando rápidamente. La competencia logística global ya no gira únicamente alrededor de posición geográfica, de eficiencia y costos. Ahora también depende de resiliencia, seguridad, estabilidad institucional y capacidad de adaptación frente a un entorno geopolítico cada vez más fragmentado.
La competencia tampoco se limita al movimiento de carga. Se compite por centralidad en las redes globales de comercio y suministro. Y cuando una plataforma pierde centralidad, recuperarla es mucho más difícil.
Panamá enfrenta además un reto adicional: evolucionar su modelo logístico. El transbordo seguirá siendo fundamental para el país, pero una estrategia nacional no puede limitarse únicamente a preservar ese modelo. También debe buscar fortalecer actividades con mayor arraigo económico, mayores encadenamientos productivos y relaciones comerciales más estables.
Una plataforma excesivamente dependiente de carga altamente móvil puede ser eficiente, pero también puede ser vulnerable. Otro error frecuente es analizar estos temas exclusivamente desde una perspectiva marítima. Panamá es, en realidad, una plataforma multimodal. Canal, puertos, ferrocarril, hub aéreo, servicios digitales y zonas logísticas forman parte del mismo ecosistema competitivo. La verdadera ventaja estratégica del país no reside en cada activo por separado, sino en la capacidad de generar sinergias entre ellos.
Pero quizás el mayor riesgo que enfrenta Panamá no sea físico ni operativo. Es institucional. La fragmentación en las decisiones, la debilidad de coordinación entre entidades y la falta de mecanismos permanentes y orgánicos que trasciendan los ciclos políticos representan amenazas silenciosas para la competitividad del país. Incluso activos extraordinarios pueden perder valor bajo una gobernanza deficiente.
Por eso una Estrategia Marítima Nacional debe entenderse como una política de Estado y
no simplemente como una agenda sectorial o meramente un documento etéreo sin vida. Dicha estrategia debe incorporar, al menos, algunos pilares fundamentales: gobernanza y coordinación interinstitucional, seguridad hídrica, un verdadero Plan Maestro Portuario, actualización de la Estrategia Logística Nacional, capacidades de inteligencia competitiva apoyadas en datos e inteligencia artificial, y una estrategia de posicionamiento internacional que fortalezca la reputación de Panamá como plataforma confiable, resiliente y eficiente.
La discusión de fondo no es cuánto cuesta desarrollar e implementar la estrategia. La verdadera pregunta es cuánto le cuesta al país no tenerla.
Porque en el siglo XXI las naciones no competirán únicamente por ubicación geográfica, sino por su capacidad de transformar esa ubicación en visión estratégica, coordinación institucional y capacidad de ejecución.
El autor es director general de Planificación Nacional del MEF.

