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Panamá y la vigencia del sueño anfictiónico

La democracia enfrenta desafíos en distintas regiones del mundo, y América Latina no es ajena.

El 22 de junio de 2026, Panamá conmemorará el Bicentenario del Congreso Anfictiónico convocado por el Libertador Simón Bolívar (1783-1830). No será una efeméride más. Ese día se cumplirán exactamente doscientos años desde que, en la Sala Capitular del Convento de San Francisco —hoy Salón Bolívar—, se instaló el Congreso el 22 de junio de 1826, cuyas sesiones concluyeron el 15 de julio de ese mismo año.

Ese recinto histórico volverá a ser escenario de encuentros de alto nivel. En el marco del Bicentenario se ha programado una reunión de presidentes de Iberoamérica y, entre otros encuentros y actividades relevantes, Panamá también será sede de la 56.ª Asamblea General de la OEA. No es coincidencia: Panamá vuelve a ser foro hemisférico, como lo imaginó Bolívar.

En la Carta de Jamaica, escrita el 6 de septiembre de 1815, el Libertador expresó una de las visiones más premonitorias de nuestra historia:

“¡Qué bello sería que el Istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los griegos! Ojalá que algún día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto congreso”

La referencia a Corinto no fue retórica. Bolívar aludía a la anfictionía, del griego amphiktyonía: ligas de ciudades-estado que, sin renunciar a su soberanía, deliberaban sobre la paz, la guerra y los intereses comunes. No era dominación ni absorción política, sino coordinación entre iguales.

El Congreso de Panamá intentó trasladar ese modelo a la América recién emancipada: establecer un mecanismo permanente de consulta y defensa colectiva que preservara la independencia y evitara la fragmentación. Fue, en muchos sentidos, el primer proyecto moderno de concertación regional en nuestro hemisferio.

Pero el ideario bolivariano no se limitaba a la integración externa. Bolívar fue un firme defensor del sistema republicano. Creía en la separación de poderes, en el imperio de la ley, en la educación como base de ciudadanía y en la necesidad de instituciones sólidas para sostener la libertad. Sabía que la independencia sería frágil sin repúblicas estables y responsables.

Su preocupación fue evitar que nuestras jóvenes naciones sucumbieran al caudillismo o a nuevas formas de dominación. Para él, la integración debía apoyarse en repúblicas fuertes y democráticas.

Dos siglos después, esa reflexión conserva vigencia. La democracia enfrenta desafíos en distintas regiones del mundo, y América Latina no es ajena. En algunos países se erosionan contrapesos institucionales; en otros se debilita la independencia judicial; en otros más, la polarización afecta la confianza ciudadana.

El Bicentenario adquiere así una dimensión contemporánea. Nos invita a reafirmar la democracia no como simple procedimiento electoral, sino como forma de vida sustentada en derechos humanos, libertad de expresión, transparencia, rendición de cuentas y Estado de derecho. Una democracia plena, en línea con los principios de la Declaración de Varsovia de la Comunidad de las Democracias, que subraya la dignidad humana, el pluralismo político y la participación ciudadana como fundamentos inseparables.

Este año, Panamá ejerce la presidencia pro tempore de la Comunidad de las Democracias. En el contexto del Bicentenario se contempla convocar una reunión ministerial de sus Estados miembros, conectando así el espíritu anfictiónico de 1826 con un foro contemporáneo dedicado a fortalecer la resiliencia democrática y la cooperación entre naciones comprometidas con valores republicanos.

Pero Bolívar fue aún más lejos. En su Discurso ante el Congreso de Angostura, el 15 de febrero de 1819, afirmó:

“Parece que si el mundo hubiese de elegir su capital, el istmo de Panamá sería señalado para este augusto destino”

No era hipérbole, sino visión geopolítica. Panamá, por su posición entre dos océanos y su cercanía estratégica a tres continentes, estaba llamada a ser punto de convergencia global.

Dos siglos después, esa intuición se ha hecho realidad.

El Canal de Panamá, administrado con plena soberanía por el Estado panameño, es componente estructural del comercio mundial. Su neutralidad permanente, consagrada jurídicamente y respetada en la práctica, aporta estabilidad internacional. En un mundo marcado por rivalidades geopolíticas y fragmentación creciente, Panamá gestiona un punto neurálgico bajo un principio de apertura y equilibrio.

Esa neutralidad no es pasividad. Es responsabilidad activa: administrar un espacio estratégico en beneficio de la comunidad internacional, sin exclusiones ni hegemonías.

Panamá no es únicamente tránsito marítimo. Es plataforma logística, centro financiero, hub aéreo y espacio natural para el diálogo entre gobiernos, sector privado y sociedad civil. Su vocación histórica es la de puente; su desafío es consolidarse como foro confiable para la deliberación democrática y la concertación regional.

Las reuniones conmemorativas de 2026 representan una afirmación de continuidad histórica.

A doscientos años de aquel congreso, la cuestión no es si la visión fue prematura. La cuestión es cómo, como nación, asumimos colectivamente ese legado: fortaleciendo nuestras instituciones, consolidando una democracia plena y proyectando desde Panamá una cultura permanente de diálogo y cooperación.

Porque el destino del Istmo, ayer como hoy, no es dividir, sino unir.

El autor es primer vicepresidente de la Sociedad Bolivariana de Panamá y presidente de su Comisión del Bicentenario.


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