Panamá ya pisa el Mundial sin necesidad de comparaciones

En el deporte, como en la vida, existe una tendencia casi inevitable a medir los logros comparándolos con quienes ya alcanzaron la cima. Esa forma de evaluar puede parecer lógica, pero muchas veces resulta injusta. No se puede exigir a quien apenas inicia un recorrido los mismos resultados que obtiene quien lleva décadas construyendo una historia de éxitos.
Eso ocurre hoy con la selección de fútbol de Panamá. Escuchar comparaciones con Brasil, Argentina, Alemania o Italia puede ser tentador, pero también profundamente equivocado. Esas naciones no se convirtieron en campeonas del mundo de la noche a la mañana. Detrás de cada título existe una tradición construida durante generaciones, con incontables participaciones mundialistas y una experiencia competitiva imposible de igualar en tan poco tiempo.
Las cifras ayudan a poner esa realidad en perspectiva. Brasil ha conquistado cinco Copas del Mundo en 23 participaciones; Alemania e Italia acumulan cuatro títulos cada una, obtenidos en 21 y 18 Mundiales, respectivamente, mientras que Argentina suma tres campeonatos en 19 participaciones. Incluso si se analiza la relación entre participaciones y títulos, todas reflejan procesos largos y sostenidos que se desarrollaron durante décadas.
Panamá, por el contrario, apenas comienza a escribir esa historia. Con dos clasificaciones mundialistas, el país está muy lejos de esas potencias, pero precisamente ahí radica el verdadero valor de su crecimiento. No se puede comparar una trayectoria centenaria con un proyecto que apenas empieza a consolidarse.
La primera clasificación, rumbo a Rusia 2018, marcó un antes y un después para el fútbol nacional. En aquella Copa del Mundo la selección perdió sus tres encuentros y quedó eliminada en la fase de grupos. Sin embargo, reducir aquella participación únicamente a los resultados sería ignorar el significado histórico de haber llegado. Clasificar a un Mundial nunca es producto de la casualidad; es la consecuencia de años de trabajo, planificación, inversión y desarrollo deportivo.
Hoy, con una nueva clasificación para el Mundial de 2026, queda demostrado que lo ocurrido en 2018 no fue un accidente ni un momento aislado. Es la confirmación de que Panamá comienza a convertirse en un participante más habitual en el escenario futbolístico internacional. Es cierto que las derrotas por 0-1 frente a Ghana y por 0-1 ante Croacia han generado frustración entre la afición. Sin embargo, esas caídas también recuerdan la realidad del proceso que vive la selección: competir contra rivales con una mayor tradición mundialista forma parte del aprendizaje. Pretender que Panamá llegue a su segunda participación y obtenga de inmediato los resultados de selecciones que llevan décadas acumulando experiencia sería desconocer la naturaleza misma del crecimiento deportivo.
Valorar lo conseguido no significa conformarse ni renunciar a la ambición. Significa entender que toda gran potencia empezó alguna vez desde abajo. Antes de levantar trofeos, todas aprendieron a competir, a perder y a regresar más fuertes.
Por eso, en lugar de preguntarnos cuánto falta para alcanzar a los campeones del mundo, quizá deberíamos reconocer cuánto se ha avanzado en tan pocos años. Hace no mucho tiempo, clasificar a un Mundial parecía un sueño inalcanzable; hoy empieza a convertirse en una meta alcanzable gracias al crecimiento sostenido del fútbol panameño. Las derrotas ante Ghana y Croacia duelen porque las expectativas también han crecido, y eso, en sí mismo, es una muestra de cuánto ha cambiado la percepción del fútbol panameño.
Panamá todavía tiene mucho camino por recorrer. Vendrán nuevos retos, derrotas y también alegrías. Pero el primer paso ya está dado, y ese hecho merece ser celebrado. Las historias verdaderamente grandes no comienzan levantando una copa; comienzan construyendo las bases para que algún día esa posibilidad deje de parecer imposible. El mayor error sería medir este proceso únicamente por los marcadores. La verdadera evaluación debe hacerse observando el recorrido, porque el camino hacia las grandes conquistas apenas comienza.

