En los últimos meses hemos sido testigos de una serie de acontecimientos que nos hacen vislumbrar un panorama internacional incierto. La guerra de agresión de la Federación Rusa en contra de Ucrania está próxima a llegar a su quinto mes y a pesar del fracaso militar ruso, no parecemos estar ante un inminente cese al fuego o frente al fin de las hostilidades. Los efectos de la agresión, el crimen supremo del derecho internacional, son cada vez más visibles pues ya nos afectan a todos nosotros. El alza en los precios del petróleo y la inseguridad alimentaria sobreviniente por la falta de trigo, nos demuestran que, tal y como nos indicaba hace unos 75 años el Doctor Ricardo J. Alfaro, los Estados deben resistir de forma colectiva la agresión y no ceder ante las pretensiones expansionistas de un autócrata, de un tirano, quien es el único responsable de estos horrores. Ahí es donde se encuentra, ante el paso del tiempo, el gran desafío.
Resistir la agresión de forma colectiva y cohesionada no es una tarea fácil pues mientras se libra una guerra de atrición en Europa, con una economía global seriamente afectada por dos años de pandemia, el resto de los Estados, en particular los menos poderosos, tenemos que lidiar con el alza de los precios, la crisis en la cadena de suministros y la inseguridad alimentaria. Esto, a su vez, condiciona a la opinión pública en nuestros países, que inicialmente apoyaba la causa ucraniana, pues ante estas vicisitudes tiende a deslizarse rápidamente a ser negativa pudiendo llegar, incluso, a convertirse en francamente hostil. La gente simplemente está cansada y quieren que alguien les diga que todo esto se acabó y que hemos logrado restablecer la “normalidad” o la “estabilidad”.
Uno de los grandes problemas es cómo hacer prevalecer el orden internacional basado en reglas, en la democracia, en los derechos humanos y en la transparencia, ante la irrupción que favorece un “nuevo orden mundial”, cimentado en una multipolaridad equidistante y expansionista, en la que imperan las autocracias, las tiranías y las cleptocracias.
Ante tales realidades, la postura más popular tiende a ser la de acomodar al tirano y favorecer, a la postre, su modelo de gobernanza autoritaria. Lo anterior, también, facilita la instauración de modelos similares, siempre con una que otra variable, y consolida la indiferencia en la opinión pública internacional. Por ejemplo, en el marco de la reciente celebración del vigésimo quinto aniversario de la reversión de Hong Kong a la República Popular China, poco se debatió el hecho de que China ha incumplido con lo estipulado en la Declaración Conjunta Sino-británica sobre el estatus de Hong Kong, el cual debía preservarse por 50 años a partir de 1997, según lo acordado por las partes de este tratado vinculante.
Uno de los grandes problemas que actualmente enfrentamos es cómo hacer prevalecer la narrativa que favorece el orden internacional basado en reglas, en la democracia, en los derechos humanos y en la transparencia, ante la irrupción de un discurso que favorece un “nuevo orden mundial”, cimentado en una multipolaridad equidistante y expansionista, en la que imperan las autocracias, las tiranías y las cleptocracias. Durante muchos años se ha construido una narrativa que tiende a favorecer este discurso y el modelo alterno que lo acompaña. Es necesario retomar nuestros valores democráticos y humanitarios.
En las últimas semanas hemos sido testigos de la continuación de la guerra de agresión rusa en contra de Ucrania, de las protestas en el Ecuador, de las marcadas divisiones y la violencia en los Estados Unidos de América, de la renuncia del primer ministro británico, Boris Johnson, del colapso del gobierno de Sri Lanka y del asesinato del ex premier japonés, Shinzo Abe, todo en el marco de una profunda crisis económica mundial y de un contexto internacional en donde el autoritarismo y la confrontación parecen ser una constante. En este escenario de competencia estratégica, cada uno de estos desarrollos está vinculado, de una u otra forma, con la preservación del orden internacional y de las reglas que lo sustentan. Si no llegamos a comprender la importancia de valores como la democracia, los derechos humanos y la transparencia en la preservación del Estado, la viabilidad misma de nuestro proyecto republicano entrará en juego. Ojalá nuestra situación interna actual y el convulso escenario internacional que enfrentamos nos lleve a reflexionar sobre su importancia e internalizarla más temprano que tarde.
El autor es abogado y profesor de derecho internacional.
