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Pantallas, abuelos y los recuerdos que estamos dejando de construir

Pantallas, abuelos y los recuerdos que estamos dejando de construir

En los recuerdos más felices de mi infancia no hay pantallas.

Los sábados que pasaba con mis tías empezaban en el supermercado, donde me dejaban empujar el carrito y me enseñaban a reconocer y elegir frutas y vegetales. Yo elegía con cuidado las manzanas más rojas o las lechugas más frescas, como si estuviera tomando decisiones importantísimas. En las tardes hacíamos muñecas de trapo con retazos de tela que encontrábamos por la casa o desfiles de moda improvisados, combinando collares, pañuelos y zapatos.

Eran horas de juego, de imaginación y de conversación.

La semana pasada escribí en esta columna sobre la trayectoria digital, ese camino que recorre nuestra relación con las pantallas a lo largo de la vida. Los niños no empiezan a construirla cuando reciben su primer celular; empiezan mucho antes, observando cómo usamos nosotros la tecnología en casa.

Mirando hacia el otro extremo de la vida, las pantallas también están cambiando la vida de los adultos mayores, esos mismos que alguna vez fueron nuestros primeros maestros.

Cada vez veo y escucho con más frecuencia historias de abuelos que pasan muchas horas frente a la televisión, mirando series, revisando redes sociales o descubriendo lo fácil que es comprar en línea. Y, aunque la tecnología puede ser una herramienta valiosa para mantenerse conectados o informados, también puede convertirse, silenciosamente, en una forma de aislamiento.

La evidencia científica es clara: el uso prolongado de pantallas en adultos mayores, especialmente cuando reemplaza el contacto social, se asocia con mayor riesgo de deterioro cognitivo, depresión y soledad. La OMS ha reconocido el aislamiento social en personas mayores como uno de los problemas de salud pública más subestimados de nuestro tiempo. No es solo un problema tecnológico; es, sobre todo, un problema humano que la tecnología puede agravar.

Y hay algo más que ocurre, algo que no aparece en ningún estudio pero que cualquier madre o padre puede intuir: cuando el abuelo está absorto en su teléfono, el niño también está aprendiendo algo. Está aprendiendo que la pantalla es más interesante que él. Que la conexión puede esperar. Que los momentos compartidos no son tan urgentes como la notificación que acaba de llegar.

Nadie me enseñó a hacer muñecas de trapo en una pantalla. Me lo enseñó una tía que me tomó de la mano un sábado por la tarde.

Hoy, todos —niños, padres y abuelos— estamos aprendiendo, casi al mismo tiempo, a vivir en un mundo lleno de pantallas. Por eso, tal vez la pregunta no es solo cuánto tiempo pasan los niños frente a un dispositivo. La pregunta es qué tipo de trayectoria digital estamos construyendo como familia: una que incluya a los abuelos no solo como espectadores, sino como protagonistas irreemplazables.

La solución no está en demonizar las pantallas, sino en recordar que hay muchas otras formas de compartir el tiempo. A veces basta con algo muy simple: jugar en el patio, armar rompecabezas, cocinar juntos o inventar historias.

Porque esas pequeñas decisiones cotidianas también construyen una trayectoria. Y tal vez, en unos años, se conviertan en los recuerdos más felices de su infancia.

Recuerdos que ningún algoritmo podrá diseñar por nosotros.

La autora es pediatra.


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