La palabra paradoja es una de mis favoritas y se emplea para algo que es contrario a la opinión común, una idea extraña, con alguna contradicción lógica, pero cuyo contenido es verdadero. Existen numerosas paradojas en Lógica, en Matemática, en Estadística, en Biología, en la Física y en muchas otras ramas del conocimiento. Algunas son muy conocidas como la paradoja del mentiroso, que puede verse en la afirmación: “Un hombre dice que está mintiendo. ¿Lo que dice es verdadero o falso?”. Otra de mis favoritas es la famosa paradoja del cumpleaños: “En un grupo de solo 23 personas, existe una probabilidad mayor de 50/50 de que dos de ellas celebren su cumpleaños el mismo día”. Esta última afirmación, aunque parece increíble y no intuitiva, es totalmente verídica y los lectores escépticos pueden buscarla en internet y ver cómo se hace el cálculo. Y hasta existen paradojas humorísticas, por ejemplo: “Todos sabemos que los gatos caen siempre sobre sus cuatro patas, y también es comúnmente aceptado que una tostada con mantequilla cae siempre con la mantequilla hacia abajo. ¿Pero qué pasaría si le amarramos una tostada con mantequilla en el lomo a un gato y lo lanzáramos desde una gran altura? ¿Caería el gato de espaldas, para obedecer las leyes de la física que rigen al pan con mantequilla o en sus cuatro patas como todo gato que se dé a respetar?
Pero el tema que realmente quiero tocar está más relacionado con las paradojas de la conducta humana. Existen diversas situaciones que por más que uno las analice, parecen contradictorias. La razón o explicación de muchas de las cosas que hacemos, ya sea como individuos o como sociedad, se pierden en los millones de años que tenemos de evolución como especie, y a simple vista resultan paradójicas.
Por ejemplo, para mí es más o menos incomprensible cómo podemos darle más importancia a la satisfacción de un deseo o placer transitorio aun a sabiendas de las consecuencias potencialmente destructivas de hacerlo. El turista que hace bungee jumping en un lugar exótico y con dudosas normas de seguridad, el fumador empedernido que sabe que los pulmones se le irán al traste más temprano que tarde, o la sociedad consumista que sigue generando gases de efecto invernadero, aunque la ciencia nos ha demostrado lo que esto va a causar, porque es más cómodo andar en auto que caminar o montar en bicicleta.
Es también curioso cómo valoramos mucho más el entretenimiento que la salud. Basta comparar el ingreso de Lionel Messi o Bad Bunny con el de Katalin Karicó o Drew Weissman, estos dos últimos, ganadores del Premio Nobel por sus descubrimientos sobre la vacuna de ARN que salvó millones de vidas durante la pandemia. Solo el hecho de que yo tenga que explicar quiénes son Karicó y Weissman y que muchos sepamos quiénes son los dos primeros es simplemente paradójico.
Y es también sorprendente cómo supra valoramos eventos muy improbables, pero potencialmente cercanos en el tiempo, e infra valoramos certidumbres futuras. Por ejemplo, compramos billetes de lotería con frecuencia, pero no ahorramos o invertimos lo suficiente para nuestra jubilación. La lotería solo favorece a unos cuantos suertudos, pero de que nos viene a todos la vejez eso está garantizado. Siempre y cuando no nos llamen al más allá antes de tiempo. Y nuestros gobiernos, por otro lado, se gastan millones en organizar carnavales, o una cumbre de presidentes, pero no arreglan los problemas actuariales del Seguro Social y la atención de salud de los que no tienen tantos recursos.
También me llama la atención cómo los jóvenes, que tienen toda una vida por delante son aficionados a las actividades peligrosas como el motociclismo, sexo sin protección, uso de drogas, paracaidismo por mencionar algunas. Pero cuando uno va para viejo, se vuelve cobarde, conservador y comedido. La lógica diría que un octogenario no tiene tanto que perder si se rompe la cuerda del bungee, después de todo ya ha bailado bastante, pero no es fácil encontrar a un viejito haciendo esas locuras.
Pero el colmo es que, para ser criaturas pensantes y racionales, los Homo sapiens somos muy dados a creer cualquier cosa. Hemos medido la circunferencia de la Tierra, dominado el átomo, visitado la Luna e inventado el TikTok; pero también creemos fervientemente en seres imaginarios, nos comemos cualquier cuento y estamos plagados de tabúes y sesgos cognitivos. Y eso sí, no nos cuesta mucho pelear a muerte contra quien no acepte nuestras creencias, especialmente si la pelea trae algún beneficio económico, por supuesto. En fin, estoy seguro de que algún día, cuando le pregunten al módulo de inteligencia artificial más avanzado, qué opina de la humanidad, responderá instantáneamente y con una sola palabra: paradoja.
El autor es médico