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Partidos de ideas, no de candidatos

Partidos de ideas, no de candidatos

La política panameña comienza nuevamente a moverse pensando en las elecciones de 2029.

Después de su primera candidatura presidencial, Ricardo Lombana conformó el partido Movimiento Otro Camino (MOCA). El expresidente Martín Torrijos lanzó recientemente Unidos para la Nueva Era (UNE) y ha iniciado el proceso para convertirlo en partido político. Y, si miramos hacia atrás, podemos recordar otros candidatos que también crearon sus propios partidos como plataforma para impulsar sus aspiraciones políticas; algunos se extinguieron tan rápido como estrellas fugaces.

Mientras tanto, Vamos, que nació como una coalición de candidatos independientes y hoy constituye una importante fuerza en la Asamblea Nacional, acaba de decidir iniciar el camino para convertirse también en partido político.

Todo esto me ha llevado a reflexionar sobre una pregunta que considero fundamental: ¿para qué debe existir un partido político?

No escribo esto para cuestionar las aspiraciones legítimas de ninguna persona. Todo ciudadano que cumpla los requisitos tiene derecho a aspirar a la Presidencia. Mi reflexión es otra.

¿Debe surgir primero el candidato y después construirse un partido para llevarlo a la Presidencia? ¿O debería surgir primero un partido alrededor de principios, ideas y una visión de país para que, posteriormente, de esa organización surjan sus candidatos?

La diferencia puede parecer pequeña, pero no lo es.

Cuando un partido nace alrededor de una persona, corre el riesgo de convertirse en un vehículo electoral. Su identidad, sus propuestas y hasta su futuro pueden terminar dependiendo de la popularidad de su líder.

Y allí comenzamos a acercarnos al personalismo y al caudillismo.

Por eso observo con interés lo que está ocurriendo con Vamos. No comparto muchos de sus planteamientos, pero me parece positivo que una organización que primero reunió candidatos, desarrolló liderazgos y obtuvo representación popular esté ahora intentando convertirse en partido político, sin haber definido todavía un candidato presidencial.

Quizás ese orden importa: primero las ideas y la organización; después los candidatos.

Esta discusión me resulta particularmente familiar.

Hace más de una década tuve el honor de presidir la Fundación para el Desarrollo Económico y Social de Panamá (Fudespa), un centro de pensamiento dedicado al análisis de los problemas nacionales y a la formulación de propuestas de políticas públicas.

En 2014 presentamos el resultado de distintas mesas de pensamiento. Una de ellas fue la Mesa de Institucionalidad, producto del trabajo voluntario de excelentes profesionales: Rubén Castillo Gill, Tomás Herrera, Harry Brown, Gaspar García de Paredes, Rafael Chavarría y Alberto Almanza.

Doce años después, volví a leer aquel documento y encontré una frase que podría haberse escrito esta misma semana:

“Necesitamos partidos para la construcción de una sociedad armónica y no para el reparto de prebendas.”

El documento sostenía, además, que los partidos debían ser programáticos e ideológicos y advertía que, cuando se limitaban a aspiraciones electorales sin plantear modelos de sociedad para ser debatidos por los ciudadanos, la democracia se estancaba.

Ese debería ser precisamente el propósito de un partido.

Las elecciones deberían ser la consecuencia de ese trabajo, no su razón de existir.

Un partido debería decirnos qué piensa sobre educación, salud, seguridad, justicia, empleo, crecimiento económico, vivienda, transporte, infraestructura pública, medio ambiente, seguridad social e institucionalidad.

Y no solamente qué piensa.

¿Qué propone? ¿Cómo lo hará? ¿Cuánto cuesta? ¿Cómo se financiará? ¿Quién podrá ejecutarlo?

La política debería ser una competencia de ideas y una vocación de servicio, acompañadas de capacidad de ejecución.

Sin embargo, nosotros, los electores, también tenemos responsabilidad. Con demasiada frecuencia escogemos candidatos por carisma, simpatía o popularidad.

El carisma es una virtud. Un líder debe saber comunicar e inspirar. Pero el carisma no sustituye la trayectoria ni la capacidad comprobada.

La popularidad puede ganar una elección. La capacidad es la que permite gobernar.

Y gobernar es mucho más complejo que ganar elecciones.

Un presidente no puede saberlo todo. Necesita ministros competentes, equipos técnicos, directores de instituciones y servidores públicos profesionales, todos capaces y con auténtica vocación de servicio.

Los gobiernos son equipos, no caudillos.

Sueño con el día en que, antes de votar por un candidato presidencial, podamos conocer también quiénes serían las principales personas que lo acompañarían en la tarea de gobernar. ¿Por qué no conocer de antemano quién sería el ministro de Economía y Finanzas, de Educación, de Salud, de Seguridad o de Obras Públicas?

Al elegir un presidente, en realidad estamos eligiendo mucho más que a una persona: estamos confiándole la responsabilidad de formar un equipo que administrará el país durante cinco años.

Hay, además, otra oportunidad que la tecnología nos ofrece.

En 2018 escribí en estas mismas páginas un artículo titulado Falta democratizar el poder. Planteaba que la participación ciudadana no debía limitarse a depositar un voto cada cinco años.

Hoy tenemos todavía mejores herramientas para hacerlo.

Los partidos y los gobiernos pueden consultar periódicamente a toda la ciudadanía, no solamente a sus miembros. Pueden utilizar encuestas y plataformas digitales para conocer prioridades, presentar alternativas y escuchar opiniones.

No propongo gobernar por encuestas. Algunas decisiones responsables serán inevitablemente impopulares. Muchas veces, las mejores medicinas son también las más amargas.

Propongo algo mucho más sencillo: escuchar antes de decidir, explicar después de decidir y rendir cuentas siempre.

La democracia no debería comenzar y terminar el día de las elecciones.

También necesitamos partidos que funcionen democráticamente por dentro, que permitan la renovación de sus liderazgos y que no pertenezcan a una persona.

Quizás por eso la transformación que estamos viendo actualmente en la política panameña representa una oportunidad.

No importa solamente cuántos nuevos partidos tendremos en 2029. Importa preguntarnos qué clase de partidos queremos tener.

Los partidos creados para llevar a una persona a la Presidencia pueden ganar elecciones. Pero, cuando un partido depende de una persona, también corre el riesgo de desaparecer cuando esa persona deja de ser candidata.

La prueba de madurez de un partido quizás sea muy sencilla: que pueda sobrevivir, renovarse y seguir siendo relevante cuando su principal líder ya no esté.

En cambio, los partidos construidos alrededor de principios, propuestas, equipos y una visión de país pueden sobrevivir a sus líderes, renovarse con nuevas generaciones y ayudar a fortalecer nuestra democracia.

No necesitamos menos partidos ni menos política.

Necesitamos mejores partidos y mejor política.

Primero las ideas. Después los candidatos.

El autor es empresario, consultor y Caballero de la Orden de Malta.


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