El 26 de agosto el sector de la educación tuvo un duro golpe con la muerte de la psicóloga, escritora y pedagoga argentina Emilia Beatriz María Ferreiro Schiavi. Tenía 86 años y vivía en México desde 1976. Discípula de Jean Piaget, fue reconocida por sus aportes en la comprensión del proceso evolutivo de adquisición de la lengua escrita. Escribió numerosos trabajos sobre la lectura y la escritura, y recibió reconocimientos académicos.
La primera vez que supe de ella fue a mediados de la década de 1990. Como cualquier persona interesada en los temas de lectura y escritura, el destino me llevó a Emilia. Sobre sus aportes a la educación se puede escribir mucho, pero voy a reflexionar solo en este pensamiento de Emilia: “La alfabetización no es un lujo ni una obligación: es un derecho”. Es decir, la alfabetización como derecho humano.
Me preguntaba en esos años por qué es importante que la gente aprenda a leer y escribir bien. La respuesta la encontraría en un trabajo de la doctora Ferreiro titulado Leer y escribir en un mundo cambiante. Primero lo leí en un cuadernillo que imprimió la Editorial Portobelo en coedición con la Cámara Panameña del Libro, en el 2000; luego encontraría el mismo texto en una edición del 2001 del Fondo de Cultura Económica titulado Pasado y presente de los verbos leer y escribir.
En ese ensayo, Emilia Ferreiro escribió: “No es posible seguir apostando a la democracia sin hacer los esfuerzos necesarios para aumentar el número de lectores [lectores plenos, no descifradores]”. Con Emilia entendí que la lectura y la escritura tenían que ser significativas y tener un propósito. “La democracia plena es imposible sin niveles de alfabetización por encima del mínimo deletreo y la firma”. Para Emilia, estar alfabetizado solo para el escenario escolar no garantiza el estar alfabetizado para la vida ciudadana. “La escritura es importante en la escuela porque es importante fuera de ella y no al revés”.
Comprendí que allí estaba el sentido y el significado del valor de la lectura y la escritura: en el reconocimiento de que ambas son vitales para el ejercicio de la ciudadanía en la vida cotidiana. Si un país no dedica esfuerzos para que los libros y la lectura tengan un verdadero significado en la construcción de la democracia, no puede llamarse desarrollado. Es por eso que Emilia Ferreiro se hace la pregunta: ¿cuántas décadas puede estar un país en “vías de desarrollo” sin acabar de desarrollarse?
En este sentido, nuestro país parece estar condenado al subdesarrollo y a cierta clase de pobreza. No es esa pobreza material que flagela la dignidad humana, no. Me refiero a una pobreza capaz de perpetuar la desigualdad y la ignorancia aun cuando se vive modestamente. Es una pobreza infame que impide que la gente conozca sus derechos. Es una forma de pobreza que desenmascara el relato liberal y menoscaba el proyecto de la democracia.
Es una pobreza con dos caras: el iletrismo y el analfabetismo funcional. Son, sin duda, formas de indigencia que vienen deteriorando desde un pasado inmediato la vida en todas sus formas. Erradicar estos males no le importa al fatuo político. A él le conviene el presente empobrecido. Tenemos una clase política iletrada. Vivimos en un país con la cultura de imputar y prometer. En la contienda política que se aproxima, lo veremos.
Los candidatos a la Presidencia imputarán el fracaso de la educación al gobierno en turno y vendrán con nuevas promesas y otras estrellas, pero los niños y jóvenes seguirán aprendiendo en condiciones de pobreza y desigualdad. Los docentes tomarán nuevas capacitaciones, irán a congresos y seminarios, donde el ministerio los obligará a firmar infinitas listas para obtener el medio punto, pero al final culparán al sistema y al currículum de que los estudiantes no quieren leer.
Los padres delegan la responsabilidad al docente y a la escuela de que sus hijos no cogen un libro ni para aplastar un bicho, mientras se quejan de que los libros están caros, pero sí hay dinero para el celular más caro o esperar al Black Friday que tendrá el plasma más grande o para defender el título de que somos el país que más toma cerveza.
“Estamos hablando del futuro y los niños son parte del futuro. Esos niños [todos los niños] no necesitan ser motivados para aprender. Aprender es su oficio”, escribió Ferreiro. En nuestro país hay sectores que hacen todo lo contrario: parecen empeñarse en desmotivar a los niños a aprender y amar la lectura. La lectura no puede ser objeto de deseo en un contexto hostil a la cultura. Sin acciones destinadas a un propósito y sentido, seguiremos pensando que la lectura nunca ha sido útil ni en el pasado, ni el presente y menos en el futuro.
El autor es escritor

