Recuerdo una reunión de embajadores que llamó la ministra de Relaciones Exteriores de España, la guapísima Trinidad Jiménez García-Herrera, para atender asuntos con los países latinoamericanos. Luego de la pompa y los formalismos tan típicos, pero tan superficiales de la diplomacia europea, nos sentamos a almorzar en un salón majestuoso, ya no recuerdo en qué palacio. En su agenda estaba la lucha contra el tráfico de narcóticos y la producción de drogas que se generaba en los países de la región. Pensé que los países más aludidos - Bolivia, Colombia, México y Perú- dirían algo en defensa de su país. Ante el silencio que llenó la sala, levanté la mano y le recordé a la ministra que España es el país que más consume cocaína de Europa y que el problema era de demanda y no de oferta. A mayor demanda, mayor oferta. Economía básica.
Seguidamente, la embajadora boliviana comentó que en su país usaban pesticidas que son prohibidos en Europa para matar los sembradíos de coca, un cultivo que es de uso milenario por la población indígena de ese país. ¿Cómo era posible que Europa vendiera un producto tan tóxico con el fin de erradicar la producción de la hoja de coca? Otro embajador, no recuerdo el país centroamericano, mencionó que eran víctimas de un negocio billonario donde ellos ponían los muertos. Esta vez, el silencio reinó del lado español.
Esta y otras ocasiones me enseñaron que en el rejuego diplomático lo único que importa es defender al país que uno representa. Y que raras son las consecuencias negativas si lo haces con un ápice de sentido y dignidad. Hay que recordar uno de los principios no escritos de la diplomacia: “Los países no tienen amigos, solo tienen intereses” (Churchill). Es preferible que piensen que eres un malcriado que defiende a su país -sin noción de los fundamentos básicos de la diplomacia- en vez de un pusilánime que fue a pasear y a posar en vez de hacer respetar al país que representa.
Basado en estas experiencias, yo, antes de empezar a negociar con los europeos esta próxima ronda que leo será, en enero de este año, preguntaría con desdén:
a) ¿Por qué la lista negra de la Unión Europea no incluyó a paraísos fiscales y lavanderías europeas de la talla de Luxemburgo, Bélgica, Malta, Holanda e Irlanda y Andorra y Chipre, respectivamente?
b) ¿Por qué la lista negra de la Unión Europea no incluye al Reino Unido y sus dependencias extraterritoriales?
c) ¿Con la agresiva reforma fiscal de Trump que reafirma que Estados Unidos es un paraíso fiscal -encima sin la obligación de intercambiar información con ningún país- qué pretenden hacer? ¿Ponerlos en la lista negra o demandarlos ante la Organización Mundial de Comercio (OMC)? (Recomiendo enfáticamente la lectura del artículo del 28 de diciembre de 2017, publicado por los editores de Bloomberg titulado: The U.S. is becoming the World’s New Tax Haven).
d) ¿Qué van a hacer con China, que acaba de informar que eximirá del impuesto de renta corporativo a las empresas extranjeras en China, en lo que es, evidentemente, la estrategia de ring fencing y que viene a ser el mismo motivo por el cual nos están obligando a cambiar las leyes de SEM, de Panamá Pacífico, Ciudad del Saber, etc.? ¿Los incluirán en su lista? (Recomiendo el artículo titulado China no cobrará impuesto corporativo a empresas extranjeras, de la misma fecha que el anterior de Bloomberg, publicado por Reuters).
e) ¿Consideran que es inminente una “guerra fiscal” entre los países que buscan mantenerse competitivos?
f) Finalmente, ¿En qué momento se perdió la noción de level playing field entre los países?
Solo estaría preguntando hechos de conocimiento público, pero que han dejado, por decir lo menos, un mal sabor a los panameños que hemos venido cumpliendo con todas las exigencias de los europeos y sus esbirros en la OCDE.
El economista español Daniel Lacalle, en su artículo La reforma fiscal de Trump pone en evidencia el asalto fiscal europeo, con fecha 30 de diciembre de 2017, hace referencia a un estudio del Centre For European Economic Research (ZEW), que alerta del “riesgo de pérdida de inversiones en la Unión Europea al obcecarse en mantener una fiscalidad no competitiva y confiscatoria. Sigue comentando el destacado economista que “algunas estimaciones alertan una salida de capital inversor de Europa a EU que podría superar los 500 mil mil millones de dólares y un mínimo de 90 mil millones”. Señores europeos: bienvenidos a la nueva era de la competencia fiscal. Se les acabó la fiesta.
El autor es abogado
