Muy buenos casi todos los artículos referentes a la patriótica gesta del 9 de enero de 1964 publicados en los medios de comunicación. Por lo menos salieron ese mismo día, aunque debió ser el preludio de los actos conmemorativos de ese día. El Gobierno Nacional, por su parte y obviamente, no fue hasta en horas de la noche del día 8 que anunció“con más penas que patriotismo” su agenda para ese día.
Después del 3 de noviembre, el 9 de enero son fechas que marcan el hito de nuestras fronteras. Una para establecerlas como república y la otra para iniciar el derribo de las quintas fronteras que culminó con los Tratados Torrijos-Carter. Por ser un contubernio de liberales y conservadores aupado por Estados Unidos, el 3 de noviembre se exalta, pero simplemente con un patriotismo mercantilista y festivo. Con la misma felonía demostrada hacia el 20 de diciembre de 1989, la oligarquía trata de menospreciar u opacar el 9 de enero, posiblemente porque añoran a los gringos o porque no ha podido convertirlo en día móvil, o sea, un “feliz fin de semana” . Pero en ese afán de tergiversar valores la oligarquía no descansa e inventa días y calificativos, y hoy qué mejor que con la palabra que está de moda: “corrupción”.
Pero la corrupción no solo es sinónimo de sobornar, de dar dádivas en/o dinero como en los mencionados casos de Odebrecht, PAN, sobreprecios, lavado de dinero, etc. Hay otras formas de corrupción que corroen y deforman la conducta de toda la sociedad y que, precisamente, hasta conllevan a la aceptación de dinero y dádivas o donaciones cuestionables y sin causa legítima. Nos referimos a esa corrupción que trastoca y niega los valores éticos, morales, religiosos, culturales, educativos, históricos, familiares y sociales. A esa corrupción que a diario, día y noche, se ve por televisión, por periódicos y demás medios de comunicación social (todos cargados de obscenidades, groserías, inmoralidades, antivalores); a esa corrupción que las autoridades, gremios y “hombres de empresas” patrocinan, proyectan, difunden o toleran y callan en nombre de una mal llamada “libertad de expresión y libre empresa”.
Este 9 de enero, en cierta forma, afloró ese antagonismo de valores y antivalores; es decir, de todo el valor que significa y representa la gesta histórica de aquel 9 de enero de 1964 versus el llamado a la lucha contra la corrupción de recibir dádivas o dinero por causas ilícitas. Pero, ¿qué pasó con las demás que igualmente corrompen la sociedad? ¿Acaso las demás formas de corromper no se incluyen porque esas producen ganancias “lícitas” a sus promotores? Simplemente, no existe una corrupción santa y otra mala.
Se evidenció la contradicción de una generación formada también con principios y valores históricos de nacionalidad y de respeto para quienes arriesgaron y dieron su vida por la patria, y otra generación surgida dentro de esta crisis social e influenciada por medios de comunicación y con otros intereses no confesados. En ese sentido y consciente de esta grave crisis institucional y social que vivimos, nos atrevemos a preguntarnos: si de verdad metiéramos en la cárcel a todos los corruptos (de todas las clases o formas), ¿quién cerraría la puerta?
El autor es abogado