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Pastos marinos: un ecosistema clave para Panamá

Pastos marinos: un ecosistema clave para Panamá
Damisela de Tres Manchas (Stegastes planifrons), en un bosque de coral caribeño. Foto: Cortesía

Recientemente, en Panamá se aprobó en tercer debate la modificación de la Ley 304 de 2022, creada para proteger ecosistemas costeros como los arrecifes de coral y los pastos marinos. Si bien esta norma antes ofrecía una protección más estricta, los cambios introducidos abren espacio a interpretaciones que podrían incrementar la vulnerabilidad de estos ecosistemas. Es preocupante que, entre las opiniones escuchadas sobre la modificación de la ley, la importancia de los pastos marinos haya sido subestimada, pese a su relevancia, especialmente para el Caribe panameño.

Los pastos marinos cumplen funciones ecológicas fundamentales. Estos ecosistemas costeros sirven como hábitat y zonas de crianza para una gran diversidad de peces, caracoles y otros organismos marinos, que encuentran en ellos refugio y alimento durante sus etapas de vida. En la provincia de Colón, por ejemplo, se han registrado más de 100 especies de peces asociadas a estos ecosistemas. Muchas de estas especies tienen un alto valor comercial y forman parte de la pesca artesanal en Panamá. Por ello, la degradación de los pastos marinos no solo afecta al ambiente, sino también a la seguridad alimentaria y al sustento de las comunidades costeras del Caribe panameño.

Los pastos marinos son una fuente de alimento clave para especies emblemáticas como la tortuga verde (Chelonia mydas) y el manatí del Caribe (Trichechus manatus), este último en estado vulnerable de extinción. Estas especies no solo cumplen un papel ecológico fundamental, sino que también aportan valor al turismo, atrayendo visitantes interesados en la biodiversidad marina de Panamá, especialmente en provincias como Bocas del Toro y Colón. En consecuencia, la pérdida de estos ecosistemas podría alterar las cadenas alimentarias y afectar tanto la biodiversidad como las actividades económicas vinculadas al turismo.

Asimismo, los pastos marinos forman parte de los llamados ecosistemas de “carbono azul”, capaces de capturar y almacenar grandes cantidades de carbono, lo que los convierte en una solución natural altamente eficiente frente al cambio climático. Panamá ya participa en iniciativas internacionales de carbono azul y ha fortalecido su enfoque frente al cambio climático. Sin embargo, resulta contradictorio que, en paralelo, se planteen modificaciones legales que podrían debilitar la protección de ecosistemas esenciales para enfrentar el cambio climático. Esta incoherencia no es menor: cuando los pastos marinos se degradan, no solo pierden su capacidad de capturar carbono, sino que pueden liberar el carbono acumulado durante décadas. Reducir su protección, por tanto, compromete directamente la capacidad del país para cumplir sus objetivos climáticos.

Un aspecto clave que suele pasarse por alto es la conectividad ecológica entre manglares, pastos marinos y arrecifes de coral. Estos ecosistemas funcionan como una red interdependiente que sostiene la biodiversidad marina costera. Esta conexión se evidencia en provincias como Bocas del Toro y Colón, así como en la comarca Guna Yala, donde manglares, pastos marinos y arrecifes forman un sistema continuo que permite el desarrollo de numerosas especies a lo largo de su ciclo de vida. En este contexto, la alteración o pérdida de uno de estos ecosistemas podría comprometer el equilibrio de toda la red. En términos más claros: si se alteran los pastos marinos, se podría afectar la biodiversidad de los arrecifes de coral que, aunque seguirán protegidos según la ley, dependen en cierta medida de ellos para mantenerse saludables.

Es importante destacar que, aunque la restauración de pastos marinos es una herramienta valiosa para la salud de los ecosistemas costeros, no es una solución simple ni inmediata. La evidencia científica muestra que, una vez degradados, estos ecosistemas difícilmente se recuperan, especialmente si las condiciones ambientales han sido alteradas. Por ello, confiar en degradar hoy para restaurar mañana, o compensar en otras zonas, es una apuesta muy riesgosa. La mejor opción sigue siendo proteger lo que aún tenemos.

Subestimar el valor de los pastos marinos y verlos simplemente como “hierbas” sin valor nos pone en riesgo de perder un ecosistema clave para el bienestar del país. Debilitar su protección no solo implica comprometer la biodiversidad, sino también comprometer la seguridad alimentaria, la economía costera y la capacidad del país para enfrentar el cambio climático. Protegerlos hoy no es solo una decisión ambiental, sino una inversión estratégica en el futuro de Panamá.

El autor es biiólogo ambiental.


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