“Omitir las verdades no es otra cosa que una variedad refinada de la mentira”. Almudena Grandes.
La patria es más que un idea tendida sobre un istmo de claros cielos y brillante sol. Es más que tantas cosas bellas; la patria es una realidad que se defiende cada día en decisiones concretas: respetando al otro que la forma, no robándole ni engañándolo, ni coimeándolo hasta el abuso y el desprecio.
Patria no es la que se defiende en versos tricolores repetidos cada noviembre. Patria es ajustarse a derecho, recordar que se le sirve sirviendo a personas concretas, que necesita ser pensada y asistida con todo vigor, esfuerzo y decencia allí donde estemos, seas pescador, presidente, diputado o viuda.
No, patria no es un verso, ni soberanía una palabra: son realidades que se sustancian en leyes que cumplir y hacer cumplir, es reclamarle la corrupción al sistema, que se manifiesta en personas, desde el empleado público, pasando por el sindicalista y el empresario hasta el presidente. La soberanía son más que banderas plantadas: es regarlas con acciones concretas, con criterio y miras altas para mantenerla en el lugar que le corresponde.
¿Mártires, héroes? No, son ciudadanos asesinados con impunidad, despojados de sus derechos consagrados en una Constitución que desde la instancias públicas han violado reiteradamente. La épica nos lleva hacia una retórica literaria y fantasiosa, mientras la ética nos obliga a lo concreto, a lo que requiere esfuerzo diario de respeto al conciudadano, al que disiente de uno. Necesitamos menos épica y más ética, más rigor y menos mentiras patrioteras.
Ya tenemos fallo, ahora no fallemos. Qué sigue, ¿soberanía, épica? Necesitamos criterio, derecho, defensores acreditados. Fuera de cada país, sus colores y sones patrios no son más que un borrón cromático y ruido musical. Qué nadie vuelva a engañarnos, que nadie vuelva a despeñarnos. Si volvemos a fallar, no habrá cierre de calles que nos devuelva a la senda.
El autor es escritor
