Las tradiciones son tan perdurables que seguimos pensando que el sol sale y se oculta, que el espacio y el tiempo son entidades separadas y que los astros se mueven por atracción o simpatía. Esto se debe –en parte– a que el conocimiento se ha parcelado tanto que incluso a nivel de la educación secundaria que debe ser una formación de tipo general, que siente las bases para una posterior especialización, quien estudia humanidades no está obligado a estudiar ciencias y viceversa.
Pareciera que los conceptos científicos contemporáneos son imaginerías de nerds y solo a ellos interesan. En contraste, imperan las explicaciones ingenuas –para no decir ignorantes– acerca de la naturaleza y la sociedad, que explican el estancamiento intelectual de los estudiantes. En realidad, lo que enfrentamos es el empobrecimiento científico-cultural de la sociedad en su conjunto.
La ciencia es un producto social y el trabajo del científico está tan determinado por la cultura de su época que basta con recordar por qué murió Giordano Bruno y por qué Galileo tuvo que retractarse de la teoría heliocéntrica. En síntesis: la cultura y la ciencia son la medida de la formación integral de los miembros de la sociedad.
La gran mayoría de los infantes del siglo XXI domina y es feliz con los juegos electrónicos de un celular, que ha sido construido gracias a los avances de las ciencias, y además “sabe” bastante sobre la naturaleza e historia universal, porque ha visto muchos programas en National Geographic. Ah, pero esos programas los ven solamente los niños.
El desarrollo histórico cultural, la dinámica del descubrimiento científico y la actividad cognoscitiva individual son parte integrante de un sistema que evoluciona, y la enseñanza debe corresponderse con sus cambios, porque el conocimiento no es estático, es un proceso dinámico en constante evolución.
La ciencia considerada desde Hegel como la expresión más pura de la racionalidad de la cultura, no puede comprenderse sin derruir las fronteras que abstractamente las dividen y aíslan. El contenido más importante de una ciencia son sus interrogantes, sus problemas y sus hipótesis y su función consiste en coordinar nuestras experiencias de modo que la totalidad forme un sistema lógico.
Aunque la pedagogía no sea una ciencia, debe fundamentarse en las mismas bases que cualquier disciplina científica. La Universidad debe hacer una reflexión crítica continua para que el acto pedagógico incida en la permanente construcción hacia el futuro. La pedagogía no ha reflexionado suficiente acerca de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, y debe hacerlo de manera interdisciplinaria, especialmente en conjunto con la psicología y la sociología. Tampoco se ha investigado cómo ha variado la mente del niño panameño al estar sometido a tantos nuevos estímulos, ni qué rasgos diferentes requieren los educadores de hoy para entender la actualidad científica e interpretar las situaciones histórico-sociales, y además, facilitar a los estudiantes las herramientas para interpretar la gran cantidad de datos a la que están expuestos.
Los expertos cada día hacen más hincapié en que la manera más eficaz de acceder al conocimiento es a través del descubrimiento, por tanto la investigación no debe seguir reducida a formatos y protocolos en los que prima el orden lógico de los “pasos”, perdiendo de vista la comprensión y relevancia del contenido. Este mecanicismo formal promueve la persistencia de imágenes y nociones residuales de etapas de desarrollo intelectual ya superadas, que no son otra cosa que obstáculos para el aprendizaje de las ciencias contemporáneas.
La pedagogía de la era del conocimiento debe responder a un saber integral e integrador que se relacione con la vida y con la transformación inteligente del mundo natural y social, pues solo ese tipo puede considerarse educativo, dotado de sentido humano y de potencialidad para desarrollar espiritualmente a los individuos en su proceso de auto creación cultural.