Esta semana, conocimos el informe del Gran Jurado de Pensilvania sobre la investigación que realizó la fiscalía general de las denuncias de abuso sexual contra niños, niñas y adolescentes, por parte de miembros de la Iglesia católica y ocurridos durante 30 años.
El documento fue presentado por el mismísimo procurador, en una conferencia de prensa (no por Youtube), ante la presencia de investigadores y víctimas, aunque muchos casos ya prescribieron por el tiempo transcurrido.
Importante definir dos conceptos. La pedofilia es la atracción sexual por menores de edad. La pederastia es el acto de abusar sexualmente de un menor. Una es una enfermedad y la otra un delito.
Siendo la investigación más extensa sobre las aberraciones de curas y monjas contra niños, impacta la crudeza con la que se describen los testimonios. Aunque sabemos que han sido capaces hasta de abusar de niños mudos en Alemania, espanta que grabaran videos pornográficos mientras violaban niños, violaran a niñas en hospitales para luego obligarlas a abortar, o le regalaran crucifijos de oro a los niños objeto de abuso para diferenciarlos.
Se mencionan más de 300 curas y monjas y a más de mil víctimas, aunque la conclusión es que hay miles más, que nunca se atrevieron a denunciar por amenazas o vergüenza.
Pero lo que ha generado una indignación casi unánime, es la forma vil y premeditada como se ocultó y trasladó a estos pederastas con el fin de mantener el silencio. La Iglesia católica desarrolló medidas (yo le llamaría protocolo) para evitar que estos indeseables fueran descubiertos. Ante la magnitud del problema, y la presencia de casos en todo el mundo, se hace difícil creer que las más altas autoridades de El Vaticano (de la época de “san Juan Pablo II”), no estuvieran al tanto de lo que pasaba, y del encubrimiento. La frase con que concluyen es lapidaria: “es evidente que la prioridad nunca fue ayudar a los niños, sino evitar el escándalo”.
Aun así, hay quienes insisten en defender una organización llena de degenerados protegidos por sus superiores.
Cuando se cuestiona, responden que también hay médicos y maestros pederastas. Pues sí, claro que los hay. La diferencia es que las organizaciones médicas y magisteriales no los protegen para evitar un escándalo.
Y esto no tiene nada que ver con creer o no en Dios. Pero pensemos un poco (si podemos desconectarnos de respetos y admiraciones aprendidos): ¿qué pasaría si cualquier organización tuviera semejante cantidad de casos de abuso sexual contra niños indefensos que sus jerarcas, hasta el más alto nivel, esconden? Sin duda, muchos países le habrían prohibido funcionar en sus territorios...
Pero tranquilos, ya solo faltan cuatro meses para la JMJ, a la cual vendrán muchos jóvenes.
El autor es cardiólogo
