CORRUPCIóN

El peligro no es Venezuela...

El peligro no es Venezuela...
El peligro no es Venezuela...

Lo que se ve en nuestro futuro no es halagador. Cada cinco años, cambiamos gobierno y confiamos se harán modificaciones profundas que enderecen el camino del país. Tristemente, conforme pasa el tiempo, ese optimismo se diluye, para darnos cuenta que todo seguirá igual, pues los mismos que controlan el poder, se encuentran muy cómodos con el status quo, y no tienen un verdadero interés en someterse a la incertidumbre de cambiar los procesos ya conocidos, y que no conviene hacer más estrictos.

Aunque se supone que hay cien días de luna de miel -que por cierto se cumplieron esta semana- lo visto hasta ahora no abona al optimismo. Simplemente da la impresión que, aunque cambiarán algunas caras, todo seguirá más o menos igual. El presidente nos salió introvertido y el vice-presidente habla por los dos, mientras su “círculo cero” se afinca cada vez más. Y aparecen en demasiados cargos, caras conocidas, muchas de ellas de no buena recordación.

La Asamblea, un desastre. Solo se reeligieron dieciseis, pero parecen ser los dieciseis peores. Y los nuevos, pues están aprendiendo demasiado rápido de los más experimentados. Entre las gritaderas, insultos, alardes de populismo irresponsable, y las agresiones arteras al idioma, es difícil pasar un día sin que generen algún titular vergonzoso.

Y el Órgano Judicial es lo más preocupante de todo. Porque un país sin un sistema de justicia confiable, termina siendo secuestrado por la delincuencia organizada, que opera a sus anchas, sin los límites que establecen un ministerio público y un sistema judicial creíble y respetable. Pero, al hablar del órgano judicial, lo que nos viene a la mente es la CSJ. Pero las últimas decisiones nos han recordado que la podredumbre ha penetrado a todos los niveles del sistema, sin distinción. El argumento favorito para defenderlos, es que “no se puede dar un fallo basado en lo que dicen los medios”. Lo que pasa, es que si no tuviéramos los medios, no nos enteraríamos ni de la cuarta parte de las maleanterías que pasan en este país. Hemos llegado a un punto, en que podemos decir sin temor a equivocarnos que “En casos de alto perfil, en Panamá, se es inocente aunque se demuestre lo contrario”.

Pero, aunque “mal de muchos es consuelo de tontos”, no debemos olvidar que estas sorpresas se están dando en todo el mundo. Solo tenemos el ejemplo de Donald Trump, que no se ha conformado con pedirle a Ukrania que le ayude a atacar a sus contendores políticos, sino que un día después le pidió lo mismo a China públicamente, y delante de los medios, demostrando que, para él, lo que prohiba la ley es secundario, si le sirve para cumplir sus objetivos comerciales o políticos. Y muchos republicanos, lo aplauden cual focas, pensando únicamente en las elecciones de 2020.

Todo esto, origina la idea de que “si seguimos aquí, vamos a terminar como Venezuela”. Francamente, después de pensarlo bien, dudo mucho que ese sea nuestro destino. Panamá, por su posición geográfica y su canal, tiene mucho peso en el comercio mundial, y no creo que la comunidad internacional permita semejante desastre. Pero, lo que si sería posible, es que terminemos como Sinaloa, con un sistema donde la delincuencia y el narcotrafico sean los que controlan la actividad económica, donde la violencia se apodere de la sociedad y donde reine la ley del salvaje oeste. Porque, en un sistema donde el dinero es la prioridad de todos los que tienen que tomar decisiones en nombre del país, es muy fácil que terminen dejándose conquistar por quienes manejan mucho dinero, sin importar su origen. No tengo claro cómo evitarlo, pero más vale que nos espabilemos.

El autor es cardiólogo

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