Los problemas de su desaparición pasan por la disminución de las inversiones e inestabilidad política; el alto costo de la vida, de la energía, la educación y por la corrupción.
Los panameños, ¡la clase política! Mírela bien, no le quite los ojos de encima. Ahora está ahí, mañana… será otra cosa y tendrá otro tamaño.
Adelgazamiento de la clase media, le llaman algunos, pero las estadísticas no están para eufemismos. Estamos ante algo mucho más drástico. Son hogares que saldrán de esa categoría ante el el alto costo de la vida en Panamá.
Si fuera una novela de misterio, preguntaríamos ¿cómo es que desaparecieron? Si estuviéramos en una obra de Agatha Christie, diríamos ¿quién es el asesino? No tenemos mayordomo, Expreso de Oriente ni salones de té. Nos encontramos en una sociedad en evolución. La clase media ya no es lo que era. Una generación atrás era la encarnación de la estabilidad. Ahora es el eslabón más débil de la cadena y sinónimo de vulnerabilidad.
Es una mala película que no se proyectó de un día para otro. Panamá no tiene una política de promoción de la clase media y eso explica muchas cosas.
Del descenso registrado en el último quinquenio, hay muchos villanos: el credit crunch; la precarización laboral; las dificultades crecientes de los micro y pequeños negocios, la presión fiscal y hasta el aumento del número de desempleados.
El adelgazamiento de la clase media es un fenómeno global.
Se habla de él en Alemania, España, Estados Unidos, Argentina y Colombia. L’adieu de la classe moyenne (El adiós a la clase media), se titula un best seller francés de Jean Lokjine. The middle class on the precipice (La clase media en el precipicio), es el nombre de un ensayo de la experta Elizabeth Warren.
No todo es oscuridad. En sentido contrario, se menciona el caso de China, donde hay más de 200 millones de personas en la clase media y decenas de millones se incorporan cada lustro. Los gigantes de Asia están bien, pero son otra cosa.
El comportamiento de la clase media es un reflejo de la salud de un país. A los europeos les preocupa el final del estado de bienestar universal y a los estadounidenses el aumento de la factura médica y educativa.
Una nación con una clase media en ciclo ascendente tiene motivos para hacer cuentas alegres: un mercado interno al alza y un enorme potencial de cambio social. Impulsa el surgimiento de pymes e invierte en educación y bienes culturales. Una clase media a la baja provoca el efecto contrario. Disminuye el consumo y la inversión y otras cosas.
Más allá de los efectos económicos, se pone en marcha un círculo vicioso: una clase media deprimida es más propensa a favorecer respuestas gubernamentales de corte autoritario. El miedo a la libertad, de Erich Fromm, estudia este fenómeno en lugares tan distantes como la Alemania que propició el ascenso nazi y el Chile que tocó la puerta en los cuarteles para que ocurriera el golpe de Pinochet.
En otra época, en la que la clase media estaba en ascenso, se hablaba de nuevos ricos y “nuevorriquismo”. El descenso ha producido un concepto bizarro: los nuevos pobres. En esta expresión, que nació en Argentina, caben personas que nunca antes fueron pobres, pero sufrieron una pérdida total o significativa de su fuente de ingreso. No pueden comprar aquellas cosas a las que estaban acostumbrados.
Son todo un acertijo en términos de mercadotecnia y política social: “No es lo mismo atender a pobres que a nuevos pobres”, dice Bernardo Klinsberg.
Somos una sociedad mutante y por eso es tan difícil definir la clase media. El ingreso no basta. Debemos considerar otros factores, como el nivel educativo, los hábitos y el capital cultural. Un pepenador tiene mayores ingresos que un egresado de ingeniería sin empleo. ¿Quién de los dos es más clase media? Quizá ninguno. Bienvenidos al tercer milenio, en el que la estabilidad y la certidumbre han cedido su lugar a otras cosas.
El autor es abogado
