El currículo educativo actual ha logrado una hazaña que merece reconocimiento: proclamar el desarrollo del pensamiento crítico como uno de sus objetivos centrales mientras prescinde de la enseñanza explícita de la lógica. La propuesta confía en que razonar correctamente es una habilidad que surge de manera espontánea, casi natural, sin necesidad de método, formación específica ni práctica sistemática. Es una apuesta optimista, presentada como innovación, aunque sus implicaciones merecen un examen más detenido.
La lógica no fue eliminada de forma directa, sino “integrada de manera transversal”. Esta formulación, cuidadosamente elegida, transmite modernidad y flexibilidad, pero evita precisar cuestiones fundamentales: quién debe enseñarla, en qué momentos del proceso educativo y bajo qué criterios será evaluada. De este modo, la lógica adquiere un estatus particular: se afirma su presencia en el currículo, aunque no exista un espacio definido para su enseñanza ni mecanismos claros que permitan comprobar su desarrollo real en el aula.
El modelo curricular parte, además, de una suposición discutible: que cualquier docente, independientemente de su formación disciplinar, puede promover el razonamiento lógico de forma efectiva. Sin embargo, la lógica no se reduce a la expresión de ideas ni a la participación en debates. Implica aprender a construir argumentos, establecer relaciones válidas entre premisas y conclusiones, evaluar inferencias y reconocer errores de razonamiento. Estos contenidos requieren conocimiento específico y estrategias didácticas concretas. En ausencia de dicha formación, la lógica tiende a diluirse o a ser sustituida por prácticas que, aunque valiosas, no cumplen la misma función cognitiva.
En el contexto del aula, esta sustitución se manifiesta con claridad. Se fomenta la participación activa, la fluidez verbal y la seguridad al hablar o escribir. Sin embargo, la coherencia interna de los argumentos y la solidez de las justificaciones reciben una atención secundaria. El estudiante aprende a expresarse con convicción, pero no necesariamente a sostener lo que afirma mediante razones válidas. La forma del discurso adquiere mayor relevancia que su estructura lógica, y el razonamiento riguroso queda relegado a un segundo plano.
A pesar de ello, el currículo insiste en que su finalidad es formar ciudadanos críticos y reflexivos. El problema no radica en el objetivo declarado, sino en la coherencia entre dicho objetivo y los medios propuestos para alcanzarlo. El pensamiento crítico no consiste únicamente en cuestionar o expresar desacuerdo; requiere herramientas cognitivas que permitan analizar, evaluar y justificar ideas. Pretender desarrollarlo sin una enseñanza sistemática de la lógica supone exigir resultados sin proporcionar los recursos necesarios para lograrlos.
Esta situación se ve reforzada por una cultura educativa que tiende a celebrar el discurso bien formulado, incluso cuando carece de un sustento argumentativo sólido. Textos y exposiciones reciben aprobación generalizada por su estilo, su vocabulario o su tono, mientras el contenido pasa a un segundo plano. El consenso se construye sobre la apariencia de coherencia, no sobre su verificación racional. Así, opinar con seguridad se confunde con pensar críticamente.
La eliminación de la lógica como asignatura independiente no constituye, por tanto, un ajuste menor dentro del currículo. Tiene efectos directos en la calidad del razonamiento que se fomenta en el sistema educativo. Al relegar la lógica a un plano implícito, se debilita la capacidad de los estudiantes para analizar críticamente los discursos que consumen y producen, y se les deja en desventaja frente a argumentos persuasivos pero conceptualmente frágiles.
Fortalecer la educación exige reconocer que el pensamiento lógico no se adquiere por simple exposición ni por participación espontánea. Requiere enseñanza intencionada, práctica guiada y evaluación clara. Sin estos elementos, el pensamiento crítico corre el riesgo de convertirse en una consigna atractiva, repetida con convicción, pero vacía de contenido real.
En estas condiciones, la lógica no fue expulsada del currículo; fue considerada prescindible. Y cuando razonar deja de ser una prioridad educativa, opinar con seguridad resulta suficiente. El aplauso llega igual, aunque el argumento no.
La autora es profesora de filosofía.

