CAMBIO GENERACIONAL

Lo que se perderán los mileniales: Daniel R. Pichel

Esta semana, recibí uno de esos correos electrónicos que frecuentemente borramos por considerarlos completamente irrelevantes. Por alguna razón que no puedo identificar, dediqué un par de minutos a leerlo y me pareció interesante la gran cantidad de cosas que ya no conocerán quienes hayan nacido en la segunda década de este siglo XXI que, poco a poco, ya está completando casi el 20% de su recorrido.

Pensando bien lo que van a vivir o conocer estos muchachos que hoy son adolescentes, la prioridad parece ser que ojalá lleguen a la vejez sin tener que pasar por algún cataclismo de los que pudieran ocurrir, si los seres humanos que toman las decisiones (que aún somos la gran mayoría “del siglo pasado”) no alineamos las fuerzas de la especie para evitar acabar con todo. Solo imagínense que se junten simultáneamente la bola de manteca irracional que gobierna Corea del Norte, el chaparro belicoso de Rusia y el animal “pelirrojo de farmacia”, que aspira a llegar a la presidencia de Estados Unidos. Con esos tres tomando decisiones, no nos extrañe que un día amanezcamos con un vuelo de misiles nucleares, lo que no nos darán tiempo ni para despedirnos de los amigos y la familia.

Pero, volviendo a mi correo irrelevante, me preguntaba qué pensarán estos muchachos cuando tengan 20 años y nos escuchen (que si aún andamos por aquí, seremos sus abuelos) hablando de cómo era la vida cuando nosotros transitábamos la adolescencia.

Para estos muchachos no será posible imaginar cómo alguien pudo tener un teléfono pegado a la pared con un cable. La era inalámbrica habrá sido la norma durante toda su vida y aquello de no poder mover (o perder) a su antojo los dispositivos de comunicación, les parecerá tan extraño, como a nosotros nos parece que en algún momento la gente se comunicara usando el telégrafo con sus pulsos largos y cortos. Se reirán del directorio telefónico. No podrán pensar que existía ese librote con letra “microscómica”, que pesa más que un mal matrimonio y que tiene más páginas que una Biblia en braille. Su generación, cuando quiera localizar a alguien, obviamente lo buscarán en una página de internet por nombre, ciudad, y quién sabe cuántos otros parámetros de indexado. Eso, si no es que ya exista algún servicio en que tengan registrados a todos los habitantes del planeta, con sus números de contacto, dirección, Twitter y el Instagram de cada uno.

No tener una computadora en casa, simplemente no será una alternativa que comprenderán. Si para nosotros ya se hace difícil, imagínense lo que será para ellos. No podrán comprender cómo podía la gente vivir sin trackpads y pantallas táctiles. Cuando les hablemos del televisor en el que se cambiaban los canales directamente sobre el aparato y no con un control remoto, nos mirarán como si fuéramos un australopiteco. Para ellos, todo, incluyendo aparatos, luces, cortinas y puertas, se manejarán centralizadamente, en un aparato con más botones que el uniforme de un capitán del ejército prusiano.

Lo normal para ellos será que las paredes estén cubiertas por pantallas de plasma, LCD, led, 3D, 4K, 4UD, Blu-ray y todo el resto del abecedario que, entre los japonés y los coreanos, siguen inventando para mejorar la resolución y la “experiencia” de ver los programas favoritos, que evidentemente, serán vistos en el momento que a ellos les apetezca, y no dependientes de lo que diga una caprichosa guía de televisión.

Obviamente, aquello de alquilar una película será tan raro, como es para nosotros pensar en un carro que se arrancara con una manivela delante del radiador. Eso de desplazarse a buscar un DVD (que será para ellos otra pieza para el recuerdo) les parecerá tan absurdo como es hoy que los habitantes de una ciudad tuvieran que ir a buscar el agua en un pozo artesiano.

Cada vez les parecerán más absurdas aquellas colecciones de libros igualitos, que aún quedarán en nuestras casas y que llamábamos enciclopedias. Un cerro de tomos con palabras y temas ordenados alfabéticamente, en las que se buscaba información que, obviamente, estaba desactualizada desde su publicación. Para ellos, lo normal será conseguir, con una secuencia de clics, cualquier cosa que requieran. Sea desde la composición de aminoácidos del genoma de una bacteria que produzca una enfermedad tropical exótica, hasta la receta para preparar buñuelos de bacalao con albahaca.

Pero, igualmente, esa misma generación que se reirá de nuestra primitiva forma de vivir, nunca disfrutará de muchas cosas que nosotros vivimos, como reunirse con un amigo después de muchos años de no haber tenido comunicación y ponerse al día de todo lo que ha pasado en una vida, en un lapso de media hora. Para ellos nada de eso tendrá razón de ser porque, desde el momento de la graduación de secundaria, ya tendrán un grupo en redes sociales en el que se mantendrán al día de todo lo que hace o dice cada uno.

Lo que sí deseo para esa generación es que aún sepan lo que es un bosque, un manantial o una playa, y no tengan que verlos en fotografías amarillentas porque, en nuestra infinita ansiedad de sacar de la tierra hasta el último centavo que pueda producir, lo hayamos destruido todo.


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