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¿Perdimos nuestra seguridad?

¿Perdimos nuestra seguridad?

Hace no muchos años caminar por las calles a altas horas de la noche era una práctica normal para quienes regresaban de sus trabajos, de sus estudios o tras algún momento de diversión. Las calles tenían un matiz de soledad, pero también de seguridad sin el más mínimo temor, más allá de las místicas leyendas de las apariciones que son parte de nuestra identidad cultural.

Sin embargo, la realidad de esos tiempos parece haber cambiado y aquel temor fue suplantado por las apariciones de los delincuentes que ven en aquellas personas la oportunidad para obtener dinero fácil mediante el vil asalto.

“Los tiempos cambian, decía mi abuelo, pero las buenas costumbres deben permanecer”. Sin embargo, las estadísticas a nivel nacional reflejan que, a junio, los presuntos delitos de hurto alcanzan la cifra de 8,473 y, a mayo, los presuntos delitos de robo se registran en 2,021. En comparación con el mismo periodo de 2025, los números se movieron significativamente al alza a un 2.02% y a 0.60% respectivamente.

Por lo anterior, ¿en qué momento llegamos a creer que la delincuencia tiene un territorio, tiempo y espacio y que los panameños correctos deben resignarse a esta lógica irracional? ¿Dónde quedó aquella innegociable libertad, confianza y naturalidad innata que caracterizaba a los panameños de bien en su derecho de vivir lejos del peligro de la delincuencia?

Es inevitable reflexionar profundamente en aquel virtuoso sentido educativo en que los “padres de antes” no tenían grandes estudios (a veces ni el mínimo de educación formal), pero criaron ciudadanos trabajadores, respetuosos y comprometidos con los valores. En contraste, los “padres de ahora” cuentan con excepcionales facilidades para la adquisición de conocimientos, pero cuyos resultados educativos, en algunos casos, distan mucho de los resultados alcanzados por las generaciones anteriores.

En la actualidad, las casas no solo deben verse “bonitas” sino seguras; entre más verjas, mejor. Al parecer, la ciudadanía se atrinchera en sus hogares porque salir puede constituirse en una actividad de riesgo. Lo más preocupante es escuchar a los ciudadanos resignarse a una peligrosa normalidad en la que se tiene la obligación de extremar las medidas de seguridad para evitar convertirse en una víctima más de aquellas que no se registran en los libros. ¿Cuándo cambiamos la mentalidad de que ser víctima de la delincuencia puede interpretarse como culpa indirecta de la víctima y no como la consecuencia de la falta de valores del delincuente? Esto debe ser indicativo de que algo cambió… demasiado cambió en nuestra sociedad.

Es cierto que podríamos responsabilizar al Estado y cuestionar la eficacia de sus políticas de seguridad; sin embargo, considero que la problemática va más allá. Nuestra sociedad debe regresar a las bases puras de los valores cívicos y morales que forman el carácter de los buenos ciudadanos, profesionales y políticos de nuestro país.

Al final, la verdadera esencia de un panameño no se demuestra cuando nadie lo ve, sino cuando comprende que sus actos tienen consecuencias. En este sentido, creo que los buenos somos la mayoría, la inmensa mayoría que quiere que estas negativas cifras cambien para mejor por el bien de todos.

El autor es docente.


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