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Periodistas, políticos y compañerismo

Comparto una anécdota periodística de las tantas vividas en 54 años de vida reporteril. El episodio encaja bien en estos tiempos de desinformación, noticias falsas (un mal tan viejo como el dolor de estómago), inteligencia artificial y posverdad.

Finales de la década de 1990. La ventisca de la terminal aérea de Tocumen deshacía una llovizna necia en momentos en que el presidente de Uruguay, Julio María Sanguinetti, se despedía de Panamá. Periodista al fin, se zafó del protocolo para conversar con sus colegas.

Tras una improvisada rueda de prensa, regresamos presurosos a las bases antes del cierre de las primeras planas.

En una solitaria mesa quedó una grabadora, brillante por el sereno del atardecer. La tomé con cariño, seguro de que el aparato guardaba el sudor de un intenso día de trabajo.

En el extremo del estacionamiento divisé a un hombre que alzaba y bajaba los brazos como un náufrago bajo la palmera de un pequeño atolón. Hasta me recordó el Hombre de Vitruvio de Leonardo Da Vinci.

“Profe, me salvó… me salvó, gracias …gracias…”, repetía Lester Burton, de KW Continente, mientras me aporreaba la espalda con abrazos al estilo cubano.

Nunca falta un alguien así.

Me gustaba reportear de noche; salían buenas primicias. Jamás olvido mi primer día en La Prensa (abril de 1992) cuando fui de safari a Atlapa. En uno de los salones de eventos, el entonces presidente de la Corte Suprema de Justicia, Carlos Lucas López, se lució con unas reflexiones sobre la realidad judicial del país. Al día siguiente, sus palabras techaron en primera plana.

Un día de sequía noticiosa entré al hotel Continental y me topé con un precandidato presidencial (hoy difunto) ansioso por la silla de San Felipe. En un discurso de barricada, donde solo faltaba la pira de llantas, se fue de kamikaze contra el gobierno de turno.

El otro día, La Prensa desplegó un título robusto a dos pisos, de los que gustaban al director, Winston Robles Chiari.

Todavía los canillitas no habían llegado al semáforo, cuando ya el político de marras y su publirrelacionista habían armado un berenjenal en emisoras y televisoras para desmentir mi noticia.

Robles, quien siempre valoró a sus reporteros, me llamó para evaluar el problema. “Aunque no lo tengas grabado, confío en tu libreta, ese es uno de esos tipos que después de matar al tigre le cogen miedo al cuero”.

El periódico, que se enfrentó al poderío militar, no se iba a doblegar ante unos resbaladizos comentarios propios de un amateur de la política.

Guillermo Sánchez Borbón, imperturbable espartano del periodismo, me regaló una micha de pan de “Río de Oro” y, con una sonrisita desdeñosa, comentó: “Hermes, eres el mensajero de los dioses, te vas a encontrar con peores”.

Arrieros somos…

La crisis no esperó. El ofuscado precandidato afilabala cimitarra judicial para demandar a la empresa y al reportero por la osadía periodística.

A las 3:00 de la tarde se me acercó Carmen Pérez, una de nuestras secretarias. Con el silencio del que envuelve tamales, me pasó un papelito: “Lo llama un amigo, está eufórico…”.

“Soy Lester Burton, ¿se lo entrego en bandeja de plata y con una manzana en la boca? Tengo grabado al pillo, yo estaba en el Continental, venga por el casete”. Me sentí livianito, cerré el puño, lo zurré por el teclado de la computadora y susurré: “Dios es grande”.

Cuando regresé a La Prensa, Winston Robles aspiró su Vicerroy vespertino hasta el cabo, hundió la colilla en el cenicero y, como el que saborea una jalea de guayaba sabanera, sentenció: “Déjame titular a mí”. Se publicó el contenido de la grabación en un reportaje ampliado titulado “Esto es lo que dice fulano que nunca dijo”.

El trono vacío

Siempre ocurrirán situaciones como la descrita, porque algunas fuentes hablan mucho, pero cuando ven sus deslices publicados nos brincan como muñecos porfiados. “Somos dueños de nuestro silencio y esclavos de nuestras palabras (Aristóteles)”.

¿Qué hubiera pasado si Lester Burton no interviene? Desprestigio para el periódico, despido del periodista, dejando una mancha indeleble para su carrera, reputación y descrédito familiar.

Las fake news, la desinformación, la posverdad e inteligencia artificial son bombas de racimo que pueden acabar vidas. Toda información debe ser contrastada con rigurosidad. El periodismo informa la realidad sin mezcla de colores ni disfraces. El mejor pararrayos es la verdad.

Los daños de una mentira son incalculables; peor en tiempos de redes sociales. ¿Tienes idea de hasta dónde puede llegar el cianuro arrastrado por el río?; así pasa con la noticia falsa.

Hay que verificar antes de publicar, conservar las grabaciones, los registros de las fuentes de información. Las redes sociales han revolucionado los medios de comunicación y el periodismo digital, pero siempre se impone la obligatoriedad de confirmar los hechos.

¿Y qué paso con el precandidato del Continental? Pues, sus aspiraciones políticas murieron en la incubadora. Ni él ni su asesora de prensa dieron explicaciones por sus faltas a la ética; La Prensa tampoco se las pidió.

Esta historia política se asemeja a la ranchera La Martina del charro mexicano Tony Aguilar, cuando narra el destino del amante de Martina: “El amigo del caballo ni por la silla volvió”.

(El autor es periodista y escritor)


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