Ya el diablo tiró los dados y la suerte está echada, pero… ¿han sido tan malos los resultados de nuestras elecciones como para querer beberse un galón de cloro como vi a varios decir el domingo pasado? Sinceramente, no lo creo, aunque la reciente contienda electoral ha sido la más sucia que he visto en mi vida, pero creo que este enunciado tendría más valor viniendo de personas más adultas que vivieron en 4K la dictadura.
Sí, llegó a la presidencia un candidato ungido por una figura altamente controversial con procesos penales activos, con una propuesta de gobierno escueta y que no se presentó a ningún debate, pero la realidad es que aquí nos gusta el culto a la personalidad, el papel lo aguanta todo y los debates no ganan votos. En esas circunstancias, cualquiera de los candidatos hubiese podido ganar, porque todos en esa papeleta tienen cola de paja. Y sí, es difícil ver como a un líder democráticamente electo a alguien que no obtuvo una mayoría absoluta, pero esta ha sido la realidad en cinco de las seis elecciones previas a esta, y la culpa es nuestra por no exigir una constituyente que, entre otras necesidades, incluya la segunda vuelta.
Considerando su trayectoria, porque no podemos negarle sus méritos, mi expectativa y esperanza es que nuestro presidente electo va a ser pro-libre mercado y promoverá la empresa privada, y eso es tanto o más importante para reactivar la economía que cualquier proyecto faraónico de gobierno que se puedan inventar.
Aun si hubiese salido electo alguien menos controversial, recordemos que el presidente no es una figura todopoderosa y que es interdependiente con dos órganos más para que el Estado pueda funcionar. De estos, como ciudadanos no tenemos poder sobre la Corte Suprema de Justicia, pero sí en la Asamblea y es justo aquí donde hemos hecho historia, votando por una mayoría independiente, y exiliando a una cantidad considerable de chacales de las curules donde se habían atrincherado, no por años, sino décadas. Esto, mi gente, es el triunfo real.
Ahora, no estoy diciendo que los independientes son nuestra salvación. El que un candidato sea independiente no lo hace santo por defecto, ni pertenecer a un partido es suficiente para satanizarlo, que es lo que percibí que muchos lamentablemente hicieron durante esta campaña, alimentando la división en nuestro país.
No importa si nos gusta el resultado o no. Tenemos lo que hay basado en las reglas existentes. Toca mirar al futuro con la esperanza de que el resultado será, en efecto, lo mejor para el país, y en lugar de declararnos oposición, buscar activamente esa conciliación que Panamá tanto necesita y mantenernos vigilantes de que las cosas se hagan con legalidad, justicia y transparencia.
La autora es miembro de la Fundación Libertad.
