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Poder, violencia de género y democracia

Poder, violencia de género y democracia
AME7920. CIUDAD DE PANAMÁ (PANAMÁ), 08/03/2025.- Mujeres sostiene carteles durante una marcha en el marco del Día Internacional de la Mujer este sábado, en Ciudad de Panamá (Panamá). Miles de mujeres se tomaron este sábado las calles de las principales ciudades de Latinoamérica en conmemoración por el Día Internacional de la Mujer, así como para visibilizar la lucha por la igualdad de género y exigir la erradicación de la violencia machista. EFE/ Carlos Lemos

Abiertos los archivos del caso Epstein, tal parece que las denuncias de #MeToo se quedaron cortas. Señaladas por algunos como “exageradas” (y otros adjetivos), hoy queda claro que sus denuncias exhibieron solo la punta de un iceberg. Un enorme iceberg de violencia contra mujeres y niñas. Y que pone en evidencia por qué es fundamental una gobernanza transparente y centrada en derechos.

El caso Epstein viene remeciendo a las élites políticas y económicas del mundo. Ya no se recuerda —pero vale la pena hacerlo— al movimiento #MeToo y a las valientes víctimas y abogados que lograron llevarlo a juicio en 2019, después de años de lucha. Como #NiUnaMenos en América Latina, las manifestaciones fueron multitudinarias en diferentes ciudades y localidades a lo largo de Estados Unidos y en otros países.

En estos casos que salen a la luz, un denominador común aparece entre los implicados. No son sus posiciones políticas ni ideológicas, tampoco sus creencias. Lo que tienen en común es ser hombres que pertenecen a una élite de poder. Hombres poderosos, que se perciben como tales. Por encima de las leyes y más allá de los derechos de otros y otras. Al menos de las más vulnerables: niñas y jóvenes reclutadas con engaños.

¿Por qué un lobista de alto vuelo manejaba una trama de tráfico sexual, en particular de niñas? La antropóloga feminista Rita Segato acuñó el término “mandato de masculinidad” para referirse a una socialización masculina que exige demostrar “potencia”, en constante comparación con sus pares hombres. Una necesidad de controlar, afirmar y, a veces, violentar. Someter sexualmente a mujeres y niñas constituye un extremo de esa masculinidad tóxica.

Tradicionalmente se señalaba como “crimen pasional” cuando un hombre agredía o asesinaba a su pareja, “movido por los celos”. Un componente de ese desenfreno no tiene que ver con la mujer directamente, sino con verse cuestionado en su masculinidad frente a sus pares hombres. Ser “humillado”. Como señala la propia Segato, la violencia de género aparece como la urgencia de afirmar el “honor masculino” frente a sus frenes, patas, amigos o conocidos. El “cachudo” es menos hombre (a la mujer, dependiendo de cómo asuma la infidelidad, puede incluso atribuírsele “olor de santidad”).

Volviendo a los archivos Epstein, el hecho de recorrer miles de kilómetros para ir a fiestas con pares de la élite, en una isla en medio del mar, y ofrecerles mujeres desconocidas para su placer sexual, es otra versión de dicho “mandato”. Ellas son anónimas. No importan sus sentimientos. Lo importante es la satisfacción de ellos, con pares que se celebran, hacen negocios, “cazadores”, hombres de élite. Es disfrutar esa potencia transgresora dentro de la “manada exclusiva”.

Estos casos que han salido a la luz muestran con crudeza cómo la construcción patriarcal del poder hace más vulnerables a mujeres y niñas, destruyendo emocionalmente a las víctimas al punto de, como en el caso de Virginia Giuffre, acabar con sus vidas. Cada historia nocturna en esa isla era un ejercicio de supremacía machista sobre víctimas vulneradas en sus derechos esenciales.

Pero también es urgente reflexionar sobre cómo estos hechos afectan a la propia democracia. La opacidad de esferas de poder cuestiona la transparencia debida en la política y otros escenarios. Además, para quedar impune, Epstein requirió de la complicidad, lograda a través de la corrupción, de diferentes instancias, sobre todo policiales y judiciales.

Es importante recordar que quienes lograron llevar a juicio al inaprensible Epstein fueron miles de mujeres y defensores de sus derechos, en sus incansables protestas (#MeToo). Y esto nos lleva a otra lección: la sociedad civil es un componente fundamental para la democracia. Su vigilancia y activismo refrescan y consolidan los balances necesarios en un sistema saludable.

Este caso es, sin duda, una prueba para las democracias. Pero habría que señalar un punto de entrada: sin democracia, estos casos no hubieran salido a la luz. Los próximos meses mostrarán el “músculo” de las instituciones democráticas en los países donde miembros de sus élites se han visto involucrados.

Por lo pronto, este 8 de marzo reflexionemos sobre cómo cosificar a las mujeres no solo las afecta a ellas, sino también a nuestras democracias.

La autora es gerente de proyecto Panamá de IDEA Internacional.


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