Cicerón dijo: “Nada es más dulce y halagüeño que instruir y formar espíritus jóvenes”.
En aquella niñez inocente que me tocó vivir, nos enseñaban a respetar a la policía. Si nos portábamos mal, nos advertían: “Vamos a llamar a la policía”, y temblábamos de miedo. La rabieta cesaba de inmediato. Era respeto, y más respeto, hacia la autoridad. Más adelante, ese temor infantil se desvaneció y la “policía patapodrida” se convirtió en un juego. Gritábamos y nos escondíamos; quien hacía de ladrón o ladrona decía: “Policía pata podrida, aquí tienes pa’ la mordía”. No sé si ese juego lo trajo algún mexicano o mexicana a David, pero el policía del juego nos perseguía garrote en mano, y nosotros huíamos.
Más tarde, cuando viví en México, comprendí que “morder” a un policía era sobornarlo si cometíamos una infracción. Y pensé: qué respeto tan diferente al de Panamá, donde aún seguimos a la policía... y viceversa. La “mordida” es la coima. Ya no. Ya la policía no nos atemoriza. Triste realidad. Poderoso señor dinero.
¿Recuerda alguien aquella tonada que se bailaba, aconsejaba y nos alegraba? “Muchacha, no seas zoqueta, cásate con policía, que gana 90 pesos trabajando noche y día… ¡y que viva, viva Panamá!”. ¿Y ahora?
Ahora, no respetamos a la policía, que debería representarnos seguridad, respeto y dignidad. No obstante, la llamada Guardia Nacional sigue siendo necesaria para no vivir con miedo. Agradecemos su noble empeño de resguardarnos, aunque sabemos que la policía tiene sus escalafones, maneja armas —sus herramientas—, gana buenos sueldos, impone boletas y desfila en las fiestas patrias con sus elegantes bandas musicales. Pero don Dinero los ha obsesionado, y muchos —hombres y mujeres— han terminado corrompiéndose con el paso del tiempo.
La mitomanía, esa propensión a distorsionar la verdad, ha contribuido a ese deterioro. También la avidez instintiva de quienes quieren figurar: jóvenes que sueñan con verse en un poste de luz o con lucir un uniforme aunque tengan poca experiencia. Ser policía se vuelve aspiración no por vocación, sino por estatus. Sin embargo, la verdadera sabiduría no está en saber cosas oscuras o sutiles, sino en conocer y respetar a quienes nos rodean.
Muchos jóvenes ven hoy al policía como quien recibe un buen salario por disparar bien un arma o por llamar la atención en el vecindario. Son utilizados como marionetas para imitar lo que no se debe: la deshonestidad. En Panamá, la deshonestidad es un ejército vasto, compuesto por hombres y mujeres disciplinados para el desorden. Demuestran su fuerza en disturbios, muchas veces contra ciudadanos que simplemente protestan. Se vuelven temibles, incluso arrogantes.
Nuestra rica literatura panameña ha sabido adaptar lo tradicional a lo moderno, y nos recuerda que la educación moral, cívica y social de los adolescentes es un campo fértil para la pedagogía. Es allí donde debe intervenir la familia, con ideales y modelos positivos. De lo contrario, se impone una fuerza bruta que hiere y lastima, que enfrenta hermanos contra hermanos, y que alimenta el odio en cada esquina del país.
Hoy, cuando la tecnología se impone, debemos endulzar la enseñanza con el zumo de nuestras mejores obras. Usar frases breves, sentencias profundas, para combatir la violencia no con toletes ni gases, sino con principios.
Lectores y lectoras: hay que equilibrar emociones entre jóvenes y adultos. Casi siempre, el talento y el esfuerzo marcan el destino más que el azar. Como escribió Cervantes, “cada uno es hijo de sus obras”. Y así debe ser: cada cual debe recibir su recompensa según su trabajo.
Debemos respetar al agente de seguridad: son nuestros hermanos y hermanas.
Necesitamos entrenar nuestras manos, nuestro cerebro y nuestro corazón para aprovechar las oportunidades que el mundo ofrece. Pero fallamos si avanzamos con armas arteras e inhumanas: egoísmo, envidia, calumnia, engaño. Con esas, la traición triunfa y el pueblo termina enfrentado al pueblo.
La lucha por la vida debe librarse con herramientas nobles, livianas y efectivas: instrucción, educación, laboriosidad, energía positiva. Necesitamos, compatriotas y colegas educadores, una buena mochila: el carácter pedagógico para educar también en las calles. Para quienes tienen paciencia, las pérdidas se convierten en ganancias; los esfuerzos, en merecimientos; las batallas, en coronas. Por eso vale la pena exaltar lo bueno, para reavivar el sentimiento de patria.
En un país como Panamá, debemos ser la estrella polar para orientar a la juventud, y los adultos, pilotos prácticos que guíen entre escollos. Debemos ganar las batallas con decoro y dignidad, rescatando a la familia. Lo bueno aún existe en nuestros hogares. Y la veracidad es un buen ingrediente para combatir las mentiras adornadas.
Policía patapodrida, gracias por protegernos.
La autora es educadora.
