En nuestro país nos hemos convertido en expertos en diagnósticos y estudios sobre los problemas educativos. Señalamos con frecuencia las desigualdades existentes y analizamos con rigurosidad nuestras debilidades estructurales; sin embargo, nos cuesta dar el paso decisivo: convertir la crítica en acciones concretas que se traduzcan en políticas educativas sostenibles en el tiempo y coherentes con las verdaderas necesidades nacionales.
Como ciudadano y profesor universitario, me interesa conocer los planes que presentan quienes aspiran a ocupar la Presidencia de la República. Con frecuencia escuchamos discursos bien elaborados, llenos de promesas; no obstante, al finalizar cada gestión, los resultados suelen ser moderados y, en algunos casos, insuficientes frente a los desafíos que enfrentamos.
Educar no es únicamente un acto pedagógico; es, en esencia, una decisión política. Implica definir qué tipo de sociedad aspiramos a construir. Hoy competimos en un mundo cada vez más exigente, marcado por transformaciones aceleradas y por la irrupción de un actor que ha redefinido el escenario global: la inteligencia artificial. Esta realidad nos obliga a repensar con seriedad nuestras políticas educativas.
Estoy convencido de que dichas políticas no pueden descuidar la responsabilidad de preparar a nuestros jóvenes para su inserción en el mundo laboral. Diversas investigaciones demuestran que poseer un título universitario ya no garantiza el acceso inmediato a un empleo. El mercado exige habilidades técnicas, competencias especializadas y, sobre todo, capacidad de adaptación.
Por ello, la revisión curricular debe ser un eje central de cualquier política educativa responsable. Esta revisión ha de considerar no solo criterios académicos, sino también las demandas reales del sector productivo. El Estado, por sí solo, no puede absorber la cantidad de jóvenes que cada año buscan su primer empleo o aspiran a ingresar al mercado formal de trabajo.
Aclaro: no reniego del sentido humanista que debe caracterizar la educación; por el contrario, lo reafirmo. Pero también es profundamente humano pensar en el futuro de nuestros jóvenes y en su derecho a concretar un proyecto de vida digno, que en gran medida depende del acceso al trabajo como derecho fundamental.
Necesitamos políticas educativas que nazcan del diálogo y que respondan a una auténtica visión de país. Políticas que no dependan exclusivamente del gobernante de turno, sino del compromiso sostenido de todos los sectores vivos de la nación, que entendemos la educación como motor esencial del desarrollo social y económico.
Una política educativa bien diseñada contribuirá a reducir desigualdades, cerrar brechas entre áreas urbanas y rurales, elevar la calidad del sistema y preparar a los estudiantes con habilidades acordes al mercado laboral contemporáneo. Además, fortalecerá la formación en valores, ciudadanía y pensamiento crítico, elementos indispensables para una sociedad participativa y competitiva.
No contar con una visión educativa clara, sostenida y adaptada a la realidad panameña y global limita nuestro potencial como país y reduce nuestras oportunidades de crecimiento y desarrollo humano.
En esta línea, Andreas Schleicher, director de Educación y Competencias de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y responsable del Programme for International Student Assessment (PISA), sostiene que una buena política educativa debe centrarse menos en la memorización de contenidos y más en el desarrollo de competencias como el pensamiento crítico, la resolución de problemas y la capacidad de adaptación. Los sistemas educativos exitosos —afirma— no solo reforman planes de estudio; también fortalecen la formación docente, promueven la equidad y alinean la educación con las necesidades futuras de la sociedad y la economía.
Asimismo, resulta oportuno recordar la visión del Dr. Carlos Iván Zúñiga, exrector de la Universidad de Panamá y candidato presidencial en 1984, quien expresó:
“La política educativa más exitosa es la que sabe armonizar los intereses de la Nación con las nuevas y viejas luces de la ciencia y la tecnología. Entre los intereses de la Nación se encuentra la formación de hombres democráticos, cultos y humanistas”.
Esa reflexión mantiene plena vigencia. Nos recuerda que la educación no puede reducirse a una visión utilitarista ni tampoco desconectarse de las transformaciones tecnológicas y científicas del presente.
Panamá necesita una política educativa con visión de Estado, no de gobierno; con continuidad, consenso y compromiso colectivo. Solo así lograremos que la educación sea verdaderamente el pilar sobre el cual construyamos el país que aspiramos a ser.
El autor es profesor universitario, abogado y periodista.
