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¿Por qué ganaron el Nobel de Economía?

En algún momento todos nos hemos preguntado por qué hay países más ricos que otros. Recientemente Daron Acemoglu, Simon Johnson y James Robinson fueron galardonados con el Premio Nobel de Economía, “por estudios sobre cómo se forman las instituciones y cómo afectan a la prosperidad”, un intento de responder a esa pregunta desde una perspectiva teórica llamada neoinstitucionalismo.

A grandes rasgos el neoinstitucionalismo argumenta que los sujetos tienden a responder a la ausencia de información y la incertidumbre con acuerdos, formales o informales, que procuran que la gente se comporte de cierta forma. Entonces las acciones de las personas que tratamos de entender en las ciencias sociales no se toman en el vacío, sino que se hacen dentro de ese marco de acuerdos, reglas de juego, a las que esta teoría llama instituciones. Estas instituciones en cuestión generan incentivos, recompensas o castigos, que se supone que deberían reforzar el comportamiento de todos. Un ejemplo de ellos es que a día de hoy la mayoría de las personas se quitan el sombrero cuando entran a una iglesia, porque saben que es lo que los otros esperan de ellos y porque saben que en caso de no hacerlo puede haber una sanción social.

Que esta perspectiva teórica sea galardonada con el conocido premio no es algo nuevo, pues ya otros autores como Ronald Coasse (1991), Douglass North y Robert Fogel (1993) y Elinor Ostrom y Oliver Williamson (2009) lo habían ganado gracias a estudios basados en esta postura. Pero lo que Acemoglu, Johnson y Robinson tienen de novedoso es que en sus libros y artículos procuran una comprobación histórica del cómo la situación actual de los países deriva del sendero institucional que desarrollaron.

Un ejemplo es su libro Por qué fracasan los países, donde los autores estudian cómo las colonias tomaron rumbos distintos en términos institucionales y por lo tanto sembraron las semillas de su futuro desarrollo económico. Su argumento principal es que los colonos y las élites locales se inclinaron por un determinado tipo de instituciones debido a la densidad poblacional y a la tasa de mortalidad del lugar. En ciertos lugares lo hicieron por instituciones de tipo extractivo, que restringieran a un pequeño grupo los recursos políticos y económicos; mientras que en otros lugares desarrollaron instituciones inclusivas, que dieran garantías similares a la población y garantizaran mayor competencia por los recursos.

De esa forma aquellos países con alta densidad poblacional y altas tasas de mortalidad consolidaron una élite que concentró los recursos políticos y económicos, usó al resto de la población en instituciones como el latifundio, y que sostuvo reglas de juego que favorecieron su permanencia en el poder, ahondando con ello la desigualdad. En cambio en los países donde había poca densidad poblacional y bajas tasas de mortalidad se favorecieron circunstancias más igualitarias y reglas de juego que defendieron los derechos de propiedad de todos.

Como consecuencia de esto, los primeros países, con instituciones extractivas, dependieron más de sus recursos naturales y de la mano de obra barata, lo que enriqueció a una élite cada vez más poderosa, que bloqueó los desarrollos industriales o tecnológicos que pudieran representar competencia. En cambio, el segundo grupo de países, con instituciones inclusivas, fomentó un escenario de libre competencia y menor desigualdad en los puntos de partida, permitiendo una mejor incorporación de los avances industriales y tecnológicos.

Son varias las críticas a la perspectiva de los autores. Para comenzar, sus ejercicios son tan de largo alcance histórico que siempre puede ser puesta en discusión la veracidad o pertinencia de los datos históricos que usan para comprobar sus premisas. Otra posible crítica es que las instituciones son producto de distintas condiciones políticas, económicas y/o geográficas, lo que en última instancia significaría que estas instituciones solo transmiten los efectos de esas condiciones originales, dejando de ser así la causa original de los resultados. En tercer lugar, algunos economistas consideran que el trato dado por los autores a los casos de Estados Unidos y China no es acertado. El primer país convivió por un buen tiempo con la esclavitud y la segregación racial, a la vez que el segundo país se ha desarrollado económicamente manteniendo instituciones extractivas y una élite cerrada. Finalmente, autores como Adam Przeworski señalan que son errados estos intentos de encontrar una causa única que explique los resultados históricos. Estos ejercicios que persiguen la primacía de una variable sobre otra, como en la tradición marxista clásica, ignoran que la historia es el resultado complejo de la interacción de circunstancias iniciales, instituciones y múltiples contingencias adicionales.

Con todo, y a pesar de los argumentos en contra, es posible resaltar ideas útiles de la perspectiva de Acemoglu, Johnson y Robinson. Una primera idea que nos sirve es que muchos problemas actuales no se resuelven de manera sencilla, con fórmulas mágicas o buena voluntad, ya que están arraigados en la estructura institucional, formal o informal, que históricamente ha sido favorecida en un lugar. Este puede ser el caso de fenómenos como el clientelismo o la corrupción, que requieren abordajes complejos que respondan a que por décadas e incluso más hayan sido la forma de hacer las cosas.

Además de esto, es elogiable que en la discusión económica se reconozcan aspectos como los efectos negativos que tiene la desigualdad social en la prosperidad, o que el desempeño económico no se puede entender sin la calidad de los arreglos políticos y sociales que se alcancen entre los miembros de la sociedad. No todo es el cálculo de la oferta y la demanda de bienes y servicios, y no es sostenible una economía robusta que se base en una sociedad que no está funcionando bien para la mayoría de sus miembros.

El autor es politólogo e investigador del CIEPS.


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