Una situación se repite todos los días en Panamá. Una persona entra a una cafetería, pide un café y, justo cuando va a pagar, pregunta: «¿Aceptan Yappy o tarjeta?». Si la respuesta es no, suspira, abre la cartera y saca un billete que juraba que no iba a usar.
A primera vista, resulta contradictorio. Panamá ha avanzado rápidamente hacia los pagos digitales. Según un estudio de Mastercard, el 81 % de los consumidores panameños ya utiliza métodos de pago digitales y el 87 % confía en su seguridad. Sin embargo, el efectivo sigue representando cerca de la mitad del gasto de consumo personal.
Entonces, ¿por qué seguimos aferrándonos al efectivo?
La tecnología ya existe. El verdadero reto es cambiar los hábitos de consumo. Para lograrlo, es necesario entender cómo toman decisiones las personas. Ahí entra la economía conductual, la disciplina que estudia cómo las emociones y los atajos mentales influyen en nuestras decisiones de compra.
Uno de sus conceptos más conocidos es el «dolor de pagar». Se refiere a la incomodidad psicológica que sentimos al desprendernos de nuestro dinero, y ese dolor cambia según el método de pago.
Cuando pagamos con efectivo, vemos salir físicamente los billetes de la cartera y sentimos de inmediato que tenemos menos dinero. En cambio, cuando pagamos con una tarjeta o con el celular, ocurre algo conocido como el desacoplamiento psicológico. Como no vemos salir físicamente el dinero, la sensación de pérdida disminuye. Esto reduce el «dolor de pagar» y, según diversas investigaciones, hace que las personas sean más propensas a gastar.
Precisamente ahí radica una de las fortalezas del efectivo. Al hacer más visible el gasto, nos obliga a detenernos unos segundos antes de comprar y nos ayuda a ser más conscientes de nuestras decisiones financieras.
El efectivo también influye en cómo administramos nuestro presupuesto. Richard Thaler, premio Nobel de Economía, lo llamó «contabilidad mental». Según este concepto, las personas solemos organizar nuestro dinero en categorías mentales, como supermercado, transporte, entretenimiento o ahorro. Por ello, llevar una cantidad fija en efectivo hace que esos límites sean visibles y aumenta la sensación de control sobre el presupuesto.
Esto no significa que los pagos digitales sean menos efectivos para administrar el dinero. Al contrario, permiten consultar saldos, recibir alertas y clasificar gastos automáticamente. Pero aprovechar esas herramientas requiere una decisión consciente. Con el efectivo, ese límite se percibe de forma inmediata.
Otro factor a tener en cuenta es la confianza. Aunque gran parte de los consumidores panameños confía en los medios digitales, muchos siguen llevando efectivo «por si acaso»: si el comercio no acepta tarjetas, si falla el punto de venta o si la conexión se cae. Todavía es común encontrar fondas, estacionamientos y pequeños comercios donde el efectivo sigue siendo el principal medio de pago.
Esto demuestra que el cambio va más allá de la voluntad de los consumidores. Mientras siga existiendo la posibilidad de que un comercio no acepte pagos digitales, el efectivo seguirá siendo un respaldo para muchas personas. Para que eso cambie, pagar digitalmente debe ser una opción confiable y disponible en prácticamente cualquier comercio, de manera que aceptar tarjetas, billeteras digitales o códigos QR sea la norma y no la excepción.
En otras palabras, incluso cuando las personas prefieren pagar digitalmente, las circunstancias pueden llevarlas a actuar de manera diferente. Este dilema refleja uno de los principios más estudiados del comportamiento del consumidor: la brecha entre intención y comportamiento.
Cerrar esa brecha requerirá un ecosistema donde pagar digitalmente sea tan confiable y natural como usar efectivo. Medidas como ofrecer incentivos instantáneos, ampliar la aceptación en pequeños comercios y permitir que los usuarios visualicen sus gastos en tiempo real podrían acelerar esa transición.
El futuro de los pagos no se definirá por quién desarrolle la mejor tecnología, sino por quién logre entender mejor el comportamiento humano. Al final, el mayor competidor de los pagos digitales nunca ha sido el efectivo. Ha sido la psicología.
La autora es licenciada en Administración de Empresas y especializada en psicología.


