En la bahía de Panamá, frente a Flamenco y Naos, el USS Nimitz se convirtió en el epicentro de una estética de protectorado.
El bautizo de confeti correspondió al alcalde capitalino: primer influencer del enclave. Rebautizó la maquinaria de guerra más letal del siglo XX como un anexo de Orlando. “Esto es otro nivel… Disney ni sabe”, sentenció, confundiendo al almirante Nimitz con Mickey Mouse.
Los “chiquillos” Barboni y Zúñiga no parecían legisladores, sino turistas en excursión escolar nuclear. Mientras el mundo se recalienta, ellos buscaban el ángulo del selfie con fondo de acero. No hubo estrategia, sino entusiasmo. No hubo lectura geopolítica, sino recreación.
Y entonces llegó la señal.
Marco Rubio salió en defensa del rol de Panamá dentro del esquema de seguridad hemisférica. La Cancillería panameña, solícita, se sumó en coro. La diplomacia del vasallaje ya no necesita instrucciones: funciona por reflejo.
Advirtió Rubio que esas tácticas buscan socavar la confianza en el sistema comercial internacional y erosionar el Estado de Derecho de Panamá. Marcó la línea.
Después vinieron los respaldos. Estados Unidos abrió el compás y, en rápida sucesión, Israel, Ucrania, Costa Rica, Honduras, Paraguay y Perú se alinearon en defensa de la flota panameña, calificando las retenciones como amenazas a la estabilidad del comercio global y a la libertad de navegación.
Panamá —miembro del Consejo de Seguridad de la ONU— agradeció.
No fue Panamá quien marcó el tono para convocar apoyos; fue Panamá quien respondió a un tono fijado. Primero se emite desde afuera, luego se valida adentro. Sincronización inducida. Uno puede pensar que Washington aceita la relación Panamá-China, que desde aquellas oficinas se mueven las maracas.
Y surge la pregunta inevitable, casi contable: ¿cuánto cuesta ese servicio instantáneo y de alto nivel?
En el Disney, el batallón Chábrego cerró filas. Aristóteles de la posverdad, embraveció su pieza: “La presencia de este activo no compromete nuestra neutralidad; al contrario, la fortalece”. Hazmerreír. Cuentan que él mismo se cree la frase. Chábrego a la par de Orillac e Icaza. A su lado, comparsas de ocasión caminaban la cubierta como si transitaran entre feria y protocolo.
De los marinos del Nimitz, profesionales que operan bajo la lógica de la guerra total, los turistas devenidos en funcionarios no obtuvieron respeto, sino condescendencia. ¿Qué puede pensar un oficial formado en disciplina letal ante una delegación que pide agua, agua, agua, en medio del acero diseñado para proyectar poder?
Hubieran fondeado el portaviones frente al Mercado de Mariscos. El efecto simbólico no habría variado: otro recordatorio de quién disuade y quién observa.
Desagravio histórico: el Nimitz no es un parque. Honra a Chester W. Nimitz, arquitecto de la victoria naval estadounidense en el Pacífico. Es burlesco convertir su legado en escenografía de culeco institucional.
Si esa “experiencia increíble”, como anuncia el Chacalde, actuara contra el Palacio de Miraflores en Caracas, no habría desfiles. Un misil R9X Ginsu penetraría el techo para desplegar seis cuchillas de acero inoxidable a velocidad supersónica, sin usar explosivos, convirtiendo cualquier objetivo en picadillo quirúrgico. Y si optaran por la bomba B61, sus 450 kilotones evaporarían el lino y la dignidad en un nanosegundo, dejando solo sombras grabadas en el asfalto.
En Flamenco hubo una comparsa. Escudos humanos voluntarios celebrando bajo la sombra de una máquina que no les pertenece. Convencidos de que el resplandor del poder ajeno es luz propia.
En el Portaviones Disney, el único ratón que queda es el que se comió la soberanía mientras los excursionistas pedían otra ronda de canapés. Felicidades totales al chef.
El autor es filólogo y periodista.


