Una persona mediocre no se esfuerza, no busca la perfección, es carente de personalidad, es un seguidor social, vive según las conveniencias y en la somnolencia del conformismo.
En Panamá estamos encaminados a la mediocridad, nos enfrentamos a una sociedad que se contenta con lo mínimo necesario para sobrevivir, una sociedad que deja que las cosas sigan como van, aunque no vayan bien, una clase baja acostumbrada a que todo se lo den porque todo se lo merecen. Terminaremos menoscabando la integridad cultural, el respeto, la dignidad y la equidad de una sociedad por una parálisis de generaciones que olvidarán poner en práctica los valores. Uno de los tantos ejemplos de mediocridad es el programa mal llamado Beca Universal, que sin duda es un apoyo a las distintas familias panameñas pero que no cuenta con criterios de excelencia, se benefician sin esforzarse, solo se les exige aprobar el año escolar con la nota mínima requerida, no se les exige un rendimiento ni se le hace competitivos.
En tiempos pasados estos beneficios o becas escolares eran otorgadas a los estudiantes que presentaban un rendimiento académico considerado sobresaliente, que contribuía al mejoramiento y a la promoción de excelencia con el objetivo de disminuir las inequidades en el sistema educativo, asegurar la permanencia en la escuela de los hijos de familias de escasos recursos económicos y exigiendo a los beneficiarios ciertas contrapartidas educativas. No dudo que en efecto haya estudiantes con la capacidad de tener un mejor rendimiento, pero el sistema los ha acostumbrado y los ha educado para quedarse en el conformismo.
El problema se agrava porque estos son los jóvenes que se insertan en el mercado laboral, se enfrentan a un mundo que exige profesionales altamente capacitados, pero estas personas no tendrán las herramientas para ser productivas, apoyar a la economía de manera digna o ser profesionales destacados, estas son las consecuencias de premiar la mediocridad, la transformación de una sociedad.
Es urgente sembrar en las nuevas generaciones la satisfacción de alcanzar metas y objetivos trazados; revitalizar los ideales de que el trabajo duro, el esfuerzo y la dedicación no solo nos llevarán por el camino del éxito, sino que nos refuerza los valores como la responsabilidad, honestidad, compromiso y tenacidad que son muy necesarios en la vida cotidiana y laboral del siglo actual. No forjemos personas destinadas al fracaso falsamente alabando logros mediocres. Ensalcemos el ahínco y esmero por cumplir ideales y sueños.
La autora es ciudadana