Pasadas las últimas palabras del cada vez más expresidente de la República, toca comenzar a fijarse en el fondo de lo que se dice desde el poder. Siempre ha debido ser así, pero vamos a hacer el esfuerzo del “borrón y cuenta nueva” y a augurarnos, para todos en nuestro país, un cambio de mentalidad y un deseo de criterio que cambie el rumbo que hemos tomado.
Y digo «hemos tomado», porque los hechos «no ocurren», «hacemos que ocurran» por obra u omisión. Por eso me llamó la atención este tuit que leí de un diputado perredista (en ocasión de sus pasadas primarias), que sabrán identificar sin problema: “algunas mesas se preñaron en el corregimiento Victoriano Lorenzo… No basta con la compra de votos, la trampa está intrínseca en cada elección, o sea ganar a toda costa”. Parece que el diputado está convencido de que estas cosas ocurren por ciencia infusa, que nadie las hace, que, simplemente, son.
Estamos cada vez más acostumbrados a dar por hecho la corrupción, tenemos muy bien asumida la idea de que es un asunto intangible, que aparece, que no nos compete, que nada podemos hacer contra ella, que es imposible resolverla y que es culpa de otros/nadie, del destino, Dios, los gringos o el partido político que no es el nuestro: por fin el sistema nos ha convencido, a fuerza de hacernos creer que las urnas se “preñan” solas, que nadie las preña.
Nuestra responsabilidad en este “estado de gravidez” de urnas, es el silencio. Esas urnas son una perfecta metáfora de nuestra relación con la corrupción clientelista. Somos germen y, muchas veces, su motor por asumir que es mejor poner la mano y recibir la coima que decidir señalar al que corrompe. Si seguimos asumiendo que la cosa no va con nosotros, terminaremos engendrando un pocotón de hijos que tendrán la misma cara de sus progenitores, la nuestra, por que habremos consentido al mirar para otro lado.
El autor es escritor
