ASAMBLEA NACIONAL

Entre presidencialismo y dignidad

El poder de un gobierno resulta un pastel donde cada órgano compite por merecer una mayor porción. El Ejecutivo entra en medio de vítores. Durante casi dos meses, aparece apoyado en la enjundia racional de un calificado grupo de ministros y asesores. La ciudadanía aplaude la enorme tajada que concentra en eso que llamamos presidencialismo.

Por su parte, por más expectativas iniciales que levantó, la Asamblea ya encaja de vuelta un sospechoso concierto de críticas: “Hay que cerrarla, todos son corruptos. Cuentan con emisora de tv y radio, imprenta, especialistas en redes y una tropa de asesores, pero prefieren emplanillar comunicadores”.

Una sociedad clientelar y dependiente le exige soluciones mágicas a sus necesidades económicas, de seguridad, empleo, educación, costo de vida. Esta, aunada al reclamo por prebendas de sus diputados, eterniza la crisis parlamentaria.

El presidente de estirpe ocueña, diputado Marcos Castillero, esboza aquel traspase de yerros: “Hemos heredado un pasado inmediato accidentado, donde las decisiones acertadas se mezclaron con errores, muchos de ellos estimulados fuera de esta”.

Las asambleas, a pesar de ser electas, no son realmente representativas de la voluntad popular. En la práctica, devienen en instrumentos de poderosos intereses que no residen propiamente en los electores ni en el propio órgano.

Durante el período democrático, las asambleas han caído víctimas del desinterés, divisionismo, tentación erótica del poder y presidencialismo. Honrosas excepciones, las presidencias de Pedro Miguel, PRD, 2007-08, y Nito Cortizo, Solidaridad, 2000-01. Todas aquellas fuerzas invisibles actúan como causa y efecto lastimero del aceptarse como el más vulnerable entre los órganos. Lo conminan a seguir abatido por un sentimiento de inferioridad que solo alivia evadiéndose en una larga lista de pompas y formalismos pendejos.

¿Cómo reclutar mentes que interpreten los fenómenos profundos para guiar la Asamblea, cuando la intención termina atada por las oxidadas cadenas de unas planillas malditas? ¿ Cómo explicar el hecho de que esta facción mayoritaria reviva la vieja e impresentable aplanadora? ¿O que 15 comisiones permanentes reproduzcan idénticos sistemas de baja disposición de información científica y asesores politizados. Incluso, cuando ella misma se encarga de limitarse la atribución de revisar credenciales de aspirantes a funcionarios?

¿Cómo hace para merecer su cuota de poder uno sin mística, sentido de pertenencia, ni estrategia para alcanzarlos? Uno quien exhibe demasiado músculo en el mismo pleno, para intentar calmar la indiscreción morbosa de unos medios para quienes la crisis se resume en la inoportuna bandera Lgtbs que enarbola el cineasta.

No resulta tarea para comunicadores neófitos convencer que la Asamblea actúa cual espejo natural que refleja las imperfecciones de nuestro régimen sociopolítico, de partidos clientelares y su baja capacidad de representar a electores, basado en tradiciones de paisanos mansos que “siempre dicen que sí” para consentir relaciones inequitativas signadas por el presidencialismo.

Tampoco es de novatos cruzar espadas con doctos del neoliberalismo privatizador que enrostran la inoperancia de esa aducida representatividad del electorado, a un órgano cuya terca opacidad sigue dificultando su defensa. ¿Cómo explicar a una sociedad que luchó por libertad total, que el Legislativo resulta expresión del necesario intervencionismo estatal?

¡Albricias!, no todo está perdido. Se abre una ventana de oportunidad: un Ejecutivo que viene respetando la separación de poderes, tres cuartas partes de diputados nuevos, y un presidente cuyo liderazgo llama a los colegas, asuman “una conducta honorable y transparente, recuperando el prestigio del parlamento”.

Sería preciso que presidente y directiva aprendieran a cerrarse como un puño capaz de convocar variopintas corrientes del pleno para enarbolar otra vez, la bandera de la dignidad de primer órgano, misma que un enorme presidencialismo, otrora arrió. Y plantarla como señal del compromiso de revisar nuestro sistema sociopolítico, en la cima de la discusión de la reforma constitucional.

¿Querrá y podrá construir un compromiso como directiva para conducir un proyecto histórico, y así reclamar la cuota de poder que merece al rol mediador de “casa del pueblo”?

El autor es consultor político

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