Después de recibir el nuevo año, me metí en la cama para hacer mi primera lectura. Abrí el Salmo 23 (estamos en 2023), y volví a experimentar la belleza de uno de los poemas más importantes de la literatura. El Dios-Pastor, cuya presencia conforta en los más oscuros valles, conmueve, al igual que el Dios-Anfitrión, que prepara banquete delante de los que nos angustian. En la oscuridad, volví a sentirme confortado.
Saqué el otro libro que acompaña a la Biblia, el Quijote, y recalé en el capítulo 42 de la segunda parte, donde el “Caballero de la Triste Figura”, dedica una serie de consejos a Sancho, que va a gobernar la Ínsula de Barataria. Me llama la atención el que le recomienda no dejarse guiar por “la ley del encaje, que suele tener mucha cabida entre los ignorantes que presumen de agudos”. Por “encaje”, según las notas de Francisco Rico, entendemos que se trata de no juzgar con arbitrariedad, lo que inmediatamente nos pone ante la necesidad de elementos de juicio.
Consuelo o criterio, razón o fe, todo está en los libros, en la búsqueda por escrito de nuestros motivos y respuestas. La lectura, ese silencioso gesto individual tan adictivo y revolucionador, sigue siendo la única manera de acercarnos al cielo o a la comprensión de nuestro mundo. Son las palabras las que nombran lo que llamamos vida y lo que la compone.
A pleno sol, o en densas tinieblas, la lectura ilumina. Abrazamos por necedad la ignorancia, que no resuelve nuestras incertidumbres. “En la noche, cuando el mundo se reduce al redondel de la luz de la lámpara, y todo el resto del mundo es incógnito… abro un libro y quedo ahí, preso en la luz, leyendo”, dice Francisco Umbral en “Mortal y rosa”.
Presos para ser libres, aunque sea solo un poco, más cerca de la luz, confortados, deshaciendo las cadenas de los entusiastas de la ignorancia que no descansa nunca.
El autor es escritor
