Cada vez que en Panamá se habla del problema de la basura, el diagnóstico suele ser el mismo: “es un problema cultural”. Se culpa al ciudadano, se apela a la falta de conciencia cívica y se anuncian sanciones. Sin embargo, esta visión ignora una verdad fundamental, demostrada por la historia y por la experiencia internacional: la cultura ciudadana es consecuencia del sistema, no su punto de partida.
Hace dos siglos, ciudades hoy consideradas modelos de orden y limpieza, como París, eran altamente insalubres. Las calles estaban llenas de desperdicios, no existían sistemas de recolección eficientes y las epidemias eran frecuentes. El cambio no ocurrió por campañas morales ni por discursos educativos, sino cuando el Estado asumió su responsabilidad y creó un sistema regular, confiable y permanente de gestión de residuos.
Panamá enfrenta hoy un problema similar. En muchos distritos y corregimientos la recolección de basura es irregular, los horarios no se cumplen, faltan puntos adecuados de disposición y el tratamiento final de los residuos es deficiente. En este contexto, exigir al ciudadano un comportamiento ejemplar sin que el Estado garantice primero el servicio básico no solo es injusto, sino también ineficaz.
El tratamiento de la basura es una responsabilidad indelegable del Estado, tanto del gobierno central como de los municipios. Está directamente relacionado con la salud pública, la protección ambiental, la imagen del país y la calidad de vida urbana. Cuando el sistema no funciona, el desorden se vuelve estructural y la conducta ciudadana se adapta inevitablemente a esa realidad.
Solo cuando el Estado cumple con su deber —estableciendo un sistema eficiente de recolección, disposición y tratamiento de residuos— puede actuar con legitimidad legal y moral contra quienes, a pesar de contar con el servicio, insisten en arrojar basura en las calles. La autoridad se construye con el ejemplo institucional y con la prestación efectiva del servicio público.
No se construye civismo sobre el abandono. No se exige orden donde no hay estructura. Si Panamá aspira a ciudades limpias, saludables y competitivas, debe comenzar por lo esencial: un sistema moderno y eficiente de gestión de residuos. La cultura ciudadana vendrá después. Siempre ha sido así.
Nota biográfica:
Carlos E. G. de la Lastra es analista en temas de desarrollo, logística y gestión pública. Ha promovido durante décadas la planificación estratégica del territorio y la responsabilidad del Estado en la construcción de ciudadanía. También fue director de La Prensa.
