La educación tiene un gran peso sobre el desarrollo de los países, pues mejora la calidad de vida de las personas, a través de la formación y el aprendizaje.
La buena educación motiva a los individuos a elegir estilos de vida saludables, incentiva la planificación familiar, incrementa el deseo de superación, estimula la innovación, en fin, crea una sociedad consiente y productiva.
Es interesante comparar el porcentaje del presupuesto nacional que cada país invierte para los diferentes gastos.
Son metas comunes disminuir la deserción escolar, aumentar la ocupación en las aulas, aumentar los recursos y días de clases, sin embargo, estas medidas en muchas ocasiones no repercuten en grandes cambios sociales. Cabe entonces preguntar si ¿la educación es una prioridad para los gobiernos?
Vemos cómo un país como Finlandia logró entender que la educación es la base de todo, incluso son pioneros en nuevas formas de enseñanza, en las cuales se le otorga un gran valor a la figura del educador y se le añade mayor protagonismo al estudiante, para el desarrollo de sus habilidades, en un entorno que no tiene que ser necesariamente el salón de clases, quitándole así las limitaciones de la educación tradicional y de esta forma incentivar la independencia, la autonomía y la disciplina impartidas por el estudiante mismo.
Mi opinión es que para considerar que la educación es prioridad para un gobierno, se necesita que este demuestre con acciones reales su disposición para reconstruir el sistema entero, para asegurar no solo que los recursos destinados lleguen a donde se debe, sino que propicie una estructura que permita la formación de las capacidades individuales, creando ciudadanos, que no solo conozcan sus derechos, sino que los exijan.
Un ciudadano que reflexione, se exprese y actúe sin miedo, pero con respeto.
La autora es estudiante de Maestría de la UIP