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Prioridades y espejismos

Prioridades y espejismos
Por la niñez

La precaria situación sociocultural que sufren las comunidades, donde los jóvenes y niños parecen los más vulnerables, y donde el reino de la violencia abraza con sus tentáculos de luto, corresponde al abandono sistemático y la orfandad cultural en la que vive nuestra juventud.

Los que hemos trabajado en distintas comunidades y barrios con niños y jóvenes de alto riesgo, sabemos y reconocemos que no es un problema fácil. No es fácil para las familias, no lo es para la escuela, ni siquiera lo es para la policía y los organismos cristianos que trabajan en prevención.

En medio de este panorama que los medios de comunicación se encargan de convertir en un espectáculo, con raros casos de investigación verdadera desde el periodismo responsable, y en un escenario ruidoso que los políticos convierten en una oportunidad para criticar a sus adversarios sin la menor preocupación real por la juventud y la niñez, es poca la esperanza la que queda porque las prioridades son otras en este país.

La poca empatía de las autoridades no se puede ocultar y son esas prioridades las que lo evidencian. Es doloroso admitir que el país que presume de un crecimiento económico envidiable sea el mismo donde los jóvenes constituyen un sector altamente vulnerable a los conflictos y tensiones sociales. Y a nadie con poder de decisión parece importarle, mientras los recursos se invierten en darle rienda suelta al ego y la indiferencia.

Las autoridades se equivocan al hablar de las causas de la delincuencia y su prevención, porque la realidad es que no existe la voluntad política, ni los recursos ni los proyectos y menos los equipamientos culturales y sociales donde los jóvenes puedan encontrar espacios para canalizar su energía y distraer su ocio.

Las pocas infraestructuras que existen necesitan mejorar sustancialmente; necesitan renacer. Esta carencia, que parece que no es accidental; es el resultado de una visión política de años que ve la cultura como un lujo, un espectáculo y no como un derecho humano fundamental.

Cuando desde los despachos con aire acondicionado se ignora que las identidades juveniles son construcciones sociohistóricamente situadas y que los jóvenes influyen y son influidos por procesos de cambio que el Estado se niega a entender, se crean tensiones y contradicciones. Se maquilla la realidad y la frase “los niños primero” es una verdadera falacia que vemos pasar como un carrusel.

Se nos dice que los niños son el futuro, pero se les niega el presente, porque viven en un presente empobrecido. Cuando el sistema oficial parece preferir la represión a la comprensión de los problemas y deja que el tiempo de ocio de los jóvenes se convierta en un riesgo en lugar de una oportunidad de crecimiento cívico y moral, la ceguera institucional es lo peor que le puede pasar a un país.

Uno de los puntos más críticos de esta desidia es la falta de información solvente que ayude a conocer las demandas y expectativas reales de la juventud. Sus problemas, sus preocupaciones y sus miedos. Necesitamos laboratorios y observatorios de estudios que generen data real para tomar decisiones y crear estrategias y protocolos de asistencia social.

Un Estado no puede decir que prioriza a la infancia y la juventud si ni siquiera se ha tomado la molestia de entender qué sueñan, qué temen o qué necesitan los jóvenes de los barrios de alto riesgo o de las comunidades indígenas y campesinas, porque hasta allá ha llegado la violencia, la mentira y la ignorancia. La ignorancia no es falta de capacidad, es falta de voluntad. Y un país sin voluntad, ya está muerto.

Desde lo oficial hemos fallado en reconocer que los jóvenes poseen formas de participación colectiva y sentidos culturales que simplemente no encajan en nuestros esquemas rígidos y obsoletos. Mientras la burocracia se enreda en informes estadísticos que no dicen nada, la vida de un joven en San Miguelito o Burunga sigue marcada por la exclusión. Hay que redefinir estrategias de políticas sociales donde los jóvenes realmente tengan cabida, donde no sean solo un indicador.

No podemos hablar de “prevención de la violencia” como si fuera un interruptor que se apaga con más policías en las calles. Sí es cierto que la presencia policial hace falta en términos de seguridad, pero la verdadera seguridad nace de la prevención que genera cambios en el significado de la vida de los jóvenes.

Es impresionante escuchar a los políticos hablar de que se están haciendo esfuerzos, pero desde las barriadas no vemos construir equipamientos culturales con programas y proyectos que puedan ayudar a prevenir. Siempre es una pose, siempre es una máscara. Sin embargo, sí vemos más cantinas y espacios donde el ocio de los niños y jóvenes se convierte en una escuela de vicio que deviene en delincuencia.

Las identidades juveniles deben ser una prioridad del Estado. La violencia en los barrios no es un espejismo. Es algo real que está creciendo con más fuerza porque faltan más recursos para transformar a una comunidad, falta más investigación para generar información que ayude a la gente noble y valiente a trabajar con líderes. Invertir en verdaderas prioridades es lo que hace falta.

El autor escritor.


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