Panamá parece caminar hacia un conflicto sectario serio en los próximos años, cuando “Panamakistán” sea algo más que una sátira. Así como en Pakistán los terroristas musulmanes sunníes atacan a sunníes moderados, cristianos y chiíes, un Estado panameño cada vez más confesional, va a provocar problemas serios no solo entre los no cristianos y los creyentes, sino entre los mismos cristianos. Y si las experiencias de las guerras de religión europeas de los siglos XVI y XVII, y del norte de Irlanda en el siglo XX, son claras, los cristianos no están tan alejados de las guerras sectarias que hoy aquejan a los musulmanes.
En Panamá, en la Constitución de 1972, los militares para complacer a una Iglesia católica que estaba resentida por la desaparición del padre Héctor Gallegos, incluyeron un artículo que garantiza la libertad de culto, pero reconoce que la Iglesia católica es la de la mayoría de los panameños. Aunque no la convierte en religión de Estado, sí convierte a la “moral cristiana” en un límite formal a la libertad individual. Y poco a poco, la Iglesia católica ha tenido más ventajas patrimoniales y educativas.
Pero mientras más crecen los privilegios, más crece el número de no católicos. Los protestantes, en su mayoría evangélicos fundamentalistas, han pasado a ser, según los estudios más serios, el 20% de la población. Al mismo tiempo, crece el número de ateos, agnósticos, budistas, musulmanes y judíos. Panamá actualmente tiene más ateos y agnósticos per cápita que México o Colombia, pero tiene un Estado más confesional.
Las posturas del gobierno actual ha resaltado un Estado que está muy cercano a la Iglesia católica, en una coyuntura en la que la Iglesia, si bien sigue siendo mayoritariamente la religión de los panameños, ya no tiene el monopolio total de las creencias. Agravando la situación, vemos que las sectas protestantes evangélicas con algunas excepciones, parecen no entender nada el principio de separación de Iglesia y Estado. Y reclaman en el aparato estatal, sobre todo, cargos de elección popular y los organismos de seguridad, cuotas de poder, dejando en claro que su actuación como servidores públicos no será religiosamente neutral. El problema es que las creencias religiosas tienden a ser mutuamente excluyentes. El catolicismo y el protestantismo evangélico tienen raíces judeocristianas. Para los católicos, los evangélicos son hermanos separados (hasta hace 60 años eran herejes) que no tienen la plenitud de la revelación, mientras que para los evangélicos los católicos practican una religión falsa, adoran imágenes, idolatran al anticristo y forman parte de lo que describe el libro, Puta de Babilonia. Y, por supuesto para ambos grupos, los no cristianos y no creyentes, esos que niegan a Cristo son todavía peores.
El resultado de mezclar religiones no compatibles entre sí y el Estado no puede ser bueno. Nunca lo ha sido. Cuando la Constitución habla de moral cristiana, ¿de cuál moral cristiana estamos hablando? Fuera de defender la familia nuclear, condenar el aborto, el divorcio y la homosexualidad, ¿existe una moral cristiana común? Para un protestante adorar imágenes es contrario a la moral cristiana. Para un católico no. Entonces, ¿debe el Estado legislar que se prohíban las procesiones, porque adorar imágenes es contrario a la moral cristiana como la definen los protestantes?
Lo que puede venir es una abierta pugna de poder entre católicos y protestantes por el control de instituciones del Estado a su favor y eso puede degenerar en conflictos. Ya vimos un caso. Lástima que católicos y evangélicos no sigan el consejo de fundador. En Mateo 4, Satanás tienta a Jesús con los reinos de este mundo y este los rechaza, su reino no es de este mundo. Y cuando le tientan con la licitud de pagar impuestos a Roma, en lugar de querer restaurar la teocracia judía, este dice: “Dad a César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.
La separación de Iglesia y Estado está en las raíces del cristianismo, y muchas de las perversiones del cristianismo surgen de ignorar este principio. Estamos a tiempo de corregir. La libertad de conciencia, de tener creencias religiosas o de no tener ninguna, son libertades fundamentales.
