En estos días complicados para la patria y su democracia, toca preguntarse si no somos, cada uno de nosotros, los responsables directos del deterioro galopante de nuestras instituciones y de nuestra imagen internacional. Porque no son los hechos caricaturizados de una película lo que nos daña, sino la elección voluntaria, vía urnas, de un montón de corruptos confesos.
El problema de la patria son los panameños a los que les da igual votar o no. Son los que aceptan ladrillos o jamones a cambio de su voto, y los que los entienden y creen que “robó pero hizo” es una filosofía democrática digna de ser practicada. Usted y yo somos el problema de la patria, cuando hacemos la vista gorda ante lo que proponen un puñado de lo peor de este país sentado en la Asamblea.
Ahora, nos queda el caos y la violencia callejera para resolver este problema. Pero no se nos pasa por la cabeza suspender los desfiles y caminar todos a esa Asamblea, parapetada de pinchos para que no les molesten en su deriva corrupta, y no moverse de allí hasta que den marcha atrás. No se nos ocurre, porque es mejor arrancarnos y celebrar la patria hasta la borrachera que enfrentar su problema.
Noviembre y diciembre son malos meses para ser patriotas. Muchas fiestas que celebrar que los buenos ciudadanos no se quieren perder. Quizás por allá por enero, “año nuevo, vida nueva”, podremos luchar contra el problema de la patria, “cógelo suave”, dicen, que todo tiene su tiempo.
Pero la corrupción no tiene pausa, y el año nuevo nos llegará con yuca inserta en orificio doloroso, una vez más, y con heridos y grandes daños materiales (y cuidado que personales), pero tranquilos, habremos desfilado, celebrado a la madre, regalado en navidad y emborrachado en año nuevo, con alegría panameña y patriótica, eso sí, con el heroísmo de los cobardes y el espíritu de los desafectos.
El autor es escritor