Hay dos mentiras universales que nos repetimos cada año sin aprender nada:
“Este año sí voy a cambiar”. “Este año sí voy al gimnasio”.
Y, curiosamente, ambas suelen decirse el 31 de diciembre.
Los propósitos de Año Nuevo son esa tradición hermosa en la que la humanidad entera se pone de acuerdo para engañarse al mismo tiempo. Es como un pacto global de auto-procrastinación, pero con fuegos artificiales y uvas. Porque no nos engañemos: hacer propósitos no es valentía, es postergar con glamour.
La escena es siempre la misma. Son las 11:58 p. m., estás con una copa en la mano, emocionalmente vulnerable, rodeado de gente que tampoco ha cumplido nada en años… y decides que ese es el momento perfecto para planificar tu vida. Claro que sí. Si no puedes decidir qué vas a cenar un martes, ¿por qué no decidir el rumbo completo de tu existencia en dos minutos?
Ahí empiezan las frases mágicas: —Este año voy al gimnasio. —Voy a comer mejor. —Voy a ahorrar.
Y todo eso lo dices mientras comes el canapé número nueve, con la tarjeta de crédito llorando en la cartera. Eso no es un propósito. Eso es ficción.
La procrastinación es una señora muy creativa. No siempre llega en pijama y pantuflas. A veces se maquilla, se pone un vestido elegante y se llama “propósito de Año Nuevo”. Porque decir “empiezo el lunes” ya era sospechoso… pero decir “empiezo en enero” es procrastinar en versión premium.
El calendario se convierte en nuestro cómplice. Como si el 1 de enero viniera con poderes místicos: nueva energía, nueva disciplina, nuevas ganas de vivir. Como si el reloj hiciera clic y de pronto fueras una persona completamente distinta. Spoiler: no pasa. Te despiertas el 1 de enero siendo la misma persona, solo que con sueño, resaca y cero interés en cumplir nada.
Además, los propósitos son siempre dramáticamente ambiciosos. Nadie dice: —Este año voy a tomar más agua.
No. Decimos: —Este año voy a cambiar mi vida.
¿Cambiarla cómo? No sabemos. ¿Cuándo? Tampoco. ¿Con qué herramientas? Ninguna. Pero suena espectacular. Es como prometer escribir una novela sin haber pasado del “hola” en un diario.
Y aquí viene lo mejor: el abandono silencioso. Porque nadie renuncia oficialmente a sus propósitos. Nadie dice: —Quiero anunciar que dejo el gimnasio que nunca pisé.
No. Simplemente, un día dejan de existir. El cuaderno queda intacto. La membresía se sigue pagando. El propósito muere lentamente, como una planta que nadie riega, mientras tú dices: “Es que enero fue un mes raro”.
Febrero llega… y con él la culpa. Marzo trae la negación. Abril, el olvido. Y en diciembre, mágicamente, volvemos a tener esperanza. Es un ciclo perfecto. Una telenovela donde siempre hay segunda temporada y nunca aprendizaje.
La verdad incómoda es esta: los propósitos no fallan porque seamos flojos. Fallan porque son una excusa socialmente aceptada para no empezar hoy. Son la forma más bonita de decir: “No ahora. Después. Cuando sea más fácil. Cuando tenga ganas. Cuando sea otra persona”.
Pero la vida no cambia en enero. Cambia un martes cualquiera, cuando no hay testigos, ni música épica, ni fuegos artificiales. Cambia cuando haces algo pequeño, incómodo y sin prometerle nada a nadie.
Así que este año, en vez de hacer propósitos… haz una cosa. Una sola. Hoy. Mal hecha si quieres. Sin anunciarla. Sin subirla a redes. Sin esperar al lunes, al mes o al año.
Porque si algo nos ha demostrado la historia es esto:los propósitos de Año Nuevo no son metas… son la manera más sofisticada de seguir postergando la vida mientras decimos que esta vez sí.
La autora es abogada.

