Pareciera que por fin la ola del hartazgo social latinoamericano llega a Panamá. En los últimos tres años y a pesar de la pandemia, los colombianos no aceptaron lo que consideraron una reforma fiscal saca plata a los pobres; los chilenos con el supuesto modelo económico ejemplar les bastó un intento de alza del pasaje para mostrar los rostros de la desigualdad.
“Estamos cansados de tantos abusos” gritaron los ecuatorianos y los guatemaltecos, estos últimos enfurecidos debido a la aprobación de un presupuesto anual que alimentaba el bolsillo de los empresarios y olvidaba la lucha contra la pobreza.
En todas estas ciudades el pueblo salió a tomarse las calles y no cederlas hasta que fueran verdaderamente escuchados. Por más que el clamor del pueblo llamaba la atención en torno a las escandalosas desigualdades en la administración de los recursos del país, no hubo quien se atreviera a darle un giro humano al modelo económico. En Panamá, las crecientes cifras de la marginación las manejan con claridad y exactitud los políticos y empresarios.
Hace unos días uno de ellos ha respondido: “no nos culpen de todos los males que vive este país” en efecto, solo se les achaca que sus actos como administradores de los bienes del Estado, que las leyes que promulgan y la justicia que imparten olvidan continuamente al marginado, por lo tanto, sí tienen una gran responsabilidad con el descontento social. En la protesta panameña hay particularidades que se distancian de la forma común latinoamericana: al panameño le ha hecho falta desde su génesis más ADN indio. Es amante de ridiculizar a políticos con una sátira al ritmo de los tambores.
Y, sobre todo, la protesta panameña termina continuamente, en la llamada a un diálogo de la las partes en conflicto. Se disuelven las alianzas populares, se responde a ciertos sectores. Tanto los mediadores, los observadores como los organismos internacionales, saben en profundidad el meollo del problema. La Doctrina Social de la Iglesia ha manifestado con claridad desde hace muchos años qué manos tienen el pan del marginado; el diálogo actual debería empezar preguntando a esos panameños, si están dispuestos a devolver y compartir ese pan.
Para mí, esa es la primera pregunta que hay que formular y resolver en la coyuntura actual.
