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Protestar cansa, callar duele y la conciencia no olvida

En Panamá, alzar la voz se ha vuelto un acto agotador y guardar silencio una herida profunda.

Las protestas, visibles o silenciosas, no siempre buscan confrontar, sino advertir sobre lo que no se ve, lo que no se escucha y lo que se permite. El poder pasa, el ruido se apaga, pero la conciencia permanece, y su peso acompaña para siempre a quien hizo, permitió o decidió no escuchar.

Protestar cansa. Cansa porque exige tiempo, energía y valentía. Cansa porque muchas veces la respuesta es la indiferencia, la descalificación o la fuerza. Pero callar duele. Duele más de lo que se admite, porque el silencio impuesto no es paz, es miedo. Miedo a ser golpeados, humillados, despreciados o incluso a perder la dignidad. Miedo a ser señalados, a desaparecer, a pagar un precio demasiado alto por decir lo que se ve y lo que no llega, o no permiten que llegue.

Las protestas suelen ser vistas como escándalo, como irrespeto o como una falta intolerable. Sin embargo, no siempre son ruido vacío. Muchas veces funcionan como un termómetro social que revela lo que no funciona, lo que se hace mal y lo que se tolera sin corrección. Señalan abusos, advierten desvíos y exponen decisiones tomadas sin escuchar. Silenciarlas no resuelve los problemas; solo los aplaza y, con el tiempo, los agrava.

No todas las protestas llevan pancartas ni consignas. Existen protestas silenciosas que se manifiestan en los actos, en el comportamiento, en la forma en que alguien se aparta con dignidad. Son miradas, ausencias y decisiones que hablan por sí solas. No hacen ruido, pero se sienten. Ignorarlas es una forma de negación que también deja huella.

El poder permite hacer y deshacer. Permite decidir, imponer y avanzar con rapidez. Pero también tiene la capacidad de aislar. Cuando se ejerce sin escuchar, se corre el riesgo de dejar de atender a quien siempre estuvo, a quien habló con honestidad, a quien fue fiel incluso cuando decir la verdad no convenía. Esa voz cercana, conocida y leal no busca dominar ni sobrepasar; busca cuidar. No escucharla no es firmeza, es descuido.

No siempre quienes rodean al poder buscan lo mejor. Algunos se acercan por conveniencia, por interés económico o por influencia. Otros guardan silencio con tristeza al ver cómo se toman decisiones que benefician a unos pocos. Distinguir entre unos y otros es difícil, pero los actos terminan revelando quién merece confianza y quién solo busca ventaja. Defender derechos no puede significar vulnerar las libertades de otros, ni justificar abusos que dañan a terceros.

Es importante decirlo con claridad: la protesta y el reclamo social no son justificación para destruir edificios, calles, automóviles ni bienes que han costado años de trabajo y sacrificio. Defender causas legítimas no puede implicar atropellar el esfuerzo ajeno ni sembrar más dolor del que se intenta denunciar. La dignidad no se defiende con violencia ni con daño indiscriminado.

Aunque no lo hiciste tú, lo permitiste. Aunque no lo viste, ahí estabas. Aunque no hablaste, decidiste callar. Y esa decisión también cuenta. El poder pasa, los cargos terminan, las oficinas se vacían y los aplausos se apagan. Lo que no se va es la conciencia. Esa recuerda lo que se hizo, lo que no se hizo y lo que se pudo hacer con dignidad y respeto por quien lo necesitaba.

Al final del camino, cuando se regresa al lugar de donde se salió, ya no están los mismos amigos. Algunos se alejaron, otros no volvieron, otros guardan silencios que pesan. La conciencia golpea con más fuerza cuando no guarda buenos recuerdos, cuando acumula omisiones y sabe que hubo oportunidades que no regresan.

Porque, más allá del poder, del ruido y de las decisiones tomadas, al final solo queda una pregunta íntima y personal: si se puede dormir en paz. La verdadera victoria no está en imponerse, sino en poder cerrar los ojos sin culpas, sin cargas innecesarias, sin el peso de saber que se pudo hacer mejor.

El ruido se apaga y el escándalo termina. Pero la conciencia no olvida. Protestar cansa, sí. Callar duele más. Y la conciencia, tarde o temprano, pasa la cuenta.

La autora es educadora.


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