Protestar debería ser considerado un acto saludable de democracia, pero últimamente ha sido visto como vandalismo y crimen.
Pisarello, G. y Asens, J., en su libro La bestia sin bozal: en defensa del derecho a la protesta (publicado en 2014), afirman lo siguiente: “Un corte de tráfico, el reparto de panfletos que caen en la calle, el uso de megafonía, el eventual despliegue de tiendas y mantas, pueden limitar derechos de terceros y ocasionar molestias. Sin embargo, se trata de molestias que, en un grado razonable, deben tolerarse, y que en ningún caso pueden ser objeto de sanciones exorbitantes o desproporcionadas que inhiban su ejercicio futuro”.
Cuando las personas que lideran países ignoran a la población, gritar en las calles se traduce en un acto de dignidad y amor por la democracia. Nuestras sociedades son testigos de cómo el poder intenta callar y adormecer a las personas, pero es necesario que muchos se mantengan despiertos para poder agitar las conciencias de los demás. El mundo político actual se ha vuelto una cuna de encubrimiento y control a gran escala.
Con la reciente advertencia del presidente panameño acerca de las protestas y de “trancar el país”, debería ser suficiente evidencia de que el control de la ciudadanía podría volverse cada vez más agresivo. De esta forma, lo que el sistema político panameño llama democracia no sería más que un maquillaje que se desprende lentamente para mostrarnos lo que en realidad es: “una política de adormecimiento ciudadano”. Las medidas que se planean tomar contra las protestas y las personas que oculten su identidad son severas.
Me pregunto si esas mismas medidas se aplicarán con igual firmeza a las verdaderas injusticias que se maquillan en el país, como la corrupción y el crimen organizado.
En gran parte del mundo, los países están siendo sometidos a múltiples fracasos democráticos e ideológicos. Lo más alarmante es que las personas que ostentan el poder —líderes, grandes magnates y familias reales— parecen reacias o desinteresadas en velar por el bien común. En la mayoría de los casos, las condiciones de vida se complican y la desigualdad se afianza. La promesa de la unidad se evapora cada día más. Somos testigos del refuerzo de la división social, como si solo existieran “ellos” y “nosotros”; con “ellos” me refiero a los líderes y poderosos.
Entonces, nuestras voces deberían reafirmar la democracia en el mundo. Volviendo a citar a Pisarello y Asens: “La democracia, por definición, requiere una ciudadanía activa. En cambio, vivimos tiempos oscuros en los que el interés por lo común es tratado como una cuestión de desorden público. Una democracia saludable debería celebrar, incluso agradecer, que haya ciudadanos dispuestos a sacrificar su tiempo, su tranquilidad y su bienestar para ocuparse de los asuntos de todos. Lejos de ello, los poderes públicos criminalizan la protesta y tratan a los activistas como delincuentes potenciales, incluso antes de que alcen la voz”.
Esa es la razón por la cual los movimientos sociales y actos como cerrar calles o protestar en general constituyen un ejercicio saludable de la democracia. Criminalizar estos actos de libre derecho dice mucho del sistema que se intenta instaurar y de la narrativa que se promueve en los medios, pues las estructuras buscan preservar su statu quo.
Nuestra época se ha convertido en el momento oportuno para actuar. No hay mayor acto de dignidad humana que alzar la voz por lo que es justo y correcto. Merecemos un futuro que valga la pena ser vivido, y para ello necesitamos protestar cuando se amerite.
El autor es diseñador y poeta.


