[MADRID, ESPAÑA]

El pueblo en la gran ciudad

‘Abuelos y abuelas que recalan en la sobremesa y luego recogen a los nietos en el colegio o tienen premura de llegar a casa para preparar la cena. Van y vienen. Son ágiles, a pesar de la edad’.

Nunca me interesaron demasiado los lugares de moda y mucho menos ahora.

Cuando vengo a Madrid no busco los locales en los que hay que reservar y son escaparates de la beautiful people. Más bien me dedico a frecuentar las cafeterías de toda la vida y los cafés que proliferan en mi barrio.

En esta ciudad, algo que es habitual en casi toda Europa, los clientes pueden pasar la mañana o la tarde tomando un café o merendando tranquilamente. Y si hay muchos jóvenes que se citan en los bares, en las cafeterías lo que abundan son las personas de la tercera edad que conversan y, si están solas, leen la prensa o se limitan a mirar por el cristal el trasiego de la gente en la calle.

En los cafés los grupos de señoras mayores (muchas son viudas) copan las mesas. Algunas toman el aperitivo, otras una caña, la mayoría una infusión o un café con pastas.

Van arregladas aunque sea para hacer la compra y sus cuidadas cabelleras han pasado por la peluquería. Las escucho pegar la hebra animadamente. Se quejan de lo cara que está la vida, comentan sobre los escándalos de los famosos de turno, se ponen de acuerdo para ir al cine el Día del Espectador, les preocupa la situación política.

Abuelos y abuelas que recalan en la sobremesa y luego recogen a los nietos en el colegio o tienen la premura de llegar a casa para preparar la cena. Van y vienen. Son ágiles a pesar de los achaques de la edad. Suben y bajan de autobuses, dan largos paseos, a sus hogares van los chicos a comer los domingos. Se hacen mayores, pero la ciudad, vibrante y hecha a la medida para caminar y sentir el estímulo de los sentidos, los ayuda a mantenerse diligentes en el tramo último de la vida.

No hay nada como una tarde de invierno sentada cerca de estos jubilados que discuten acaloradamente o planifican el próximo viaje del Imserso (Instituto de Mayores y Servicios Sociales) a una playa o un hotel rural. Al calor de los radiadores y con el sabor de ese sándwich mixto que me recuerda a las meriendas de la infancia, sigo la dinámica de estos hombres y mujeres que una vez fueron jóvenes y todavía son activos gracias, en gran parte, al bullicio que los acompaña. A la red familiar que los arropa. Al instinto gregario de las sociedades mediterráneas. No es casualidad que los españoles sean de los más longevos del mundo. Basta con sentarse en una cafetería para comprender los efectos benéficos de quienes preservan las sanas costumbres provincianas.

Pasar las horas en un café de la ciudad es un ensayo general a una vida que podría ser.

Verse en el espejo de tus mayores. Tener conciencia de que un día cada vez menos lejano tú serás uno de ellos si consigues escapar de las metrópolis inhóspitas donde no se llega paseando a ningún bar.

Y cuando digo Madrid no me refiero a Nueva York, donde muchos ancianos se tragan la soledad en el Diner o en los parques musitan palabras al aire. Hay urbes acolchadas que todavía conservan la esencia del pueblo, con sus chismes y tendederas. Madrid es así.

Bajo cada mañana a la cafetería de mi barrio donde leo, absorta, La amiga estupenda, una formidable novela sobre la amistad de dos muchachas en una barriada pobre y ruidosa de Nápoles en los años cincuenta. Señoras y señores mayores ocupan las mesas. La tertulia discurre antes de la comida y de que les cierren la tahona para comprar la barra de pan. Así son los pueblos en la gran ciudad.


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