Daniel Domínguez Z. ddominguez@prensa.com
Todo aquel joven lector debe tener como una obligación personal el disfrutar de dos libros clave dentro de la obra literaria de Luis Sepúlveda: Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar (1999), e Historia de un perro llamado Leal (2016), ambas editadas por Tusquets.
En su nueva obra, el escritor chileno rinde homenaje al pueblo mapuche, en especial, a su tío abuelo Ignacio Kallfukurá, quien pertenecía a este grupo originario, y quien fue, sin él saberlo, uno de los que impulsó a Sepúlveda para que luego se dedicara a inventar y a compartir argumentos.
Sepúlveda recuerda en el prólogo de su libro que aquel adulto imaginativo le contaba un sinnúmero de historias de aventuras y de acción, donde la relación entre la naturaleza y el ser humano era lo más recurrente.
Por eso, Historia de un perro llamado Leal transcurre entre una comunidad mapuche que siente respeto y apego por el medio ambiente, y cómo más de un hombre blanco cuando ve los bosques y los ríos lo único en lo que piensa es en negocios, ambición e inversiones, no importando las consecuencias de sus pésimas decisiones comerciales.
Su novela corta también es sobre cómo los hombres y mujeres entablan una estrecha y emotiva relación con sus mascotas, y lo que unos y otros harían, hasta lo imposible de ser posible, por protegerse de manera mutua.
Sepúlveda toma como motor de su trama la leyenda de un perro, leal y fiel, que fue capaz de sacrificar lo que fuera con tal de ayudar a su joven amo.
Luis Sepúlveda también nos presenta la delicada situación de los mapuches, que sufren la discriminación y la marginación de algunos blancos que no respetan ni conocen, ni les importa las ancestrales tradiciones de este grupo étnico amerindio que por lo general residen en el sur de Chile y una pequeña cuota en Argentina.
Además, Historia de un perro llamado Leal nos alerta sobre cómo la sociedad del dinero promueve la desigualdad, e incita a que los más débiles dentro de la escala económica sean expulsados de sus tierras.
Eso sí, sus terrenos son geniales para convertirse en atractivas áreas turísticas, y de paso, para mostrar a los indígenas como figuras atractivas de una época “salvaje” que la civilización y la modernidad ha “rescatado”, todo con el objetivo de lucrar a costilla de ellos.
Luis Sepúlveda también hace docencia en esta hermosa obra y nos acerca al idioma de los mapuches.
Página tras página aprendemos que árbol se dice aliwen, que gallo es alka, que kawell es caballo, que la luna es kuyen, que el nombre del cóndor es mañke, que peñi es hermano y pichiche es niño pequeño.
Aprendemos que su calendario está compuesto por 13 meses, que siempre piden permiso o perdón, de acuerdo sea el caso, que nunca dicen jamás adiós, y que los mapuches residen en wallmapu o la patria de la Gente de la Tierra.
