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¿Puede una vacuna ayudarnos a envejecer mejor?

Hace unos días cumplí 43 años.

Soy una mujer joven, activa y saludable. Corro detrás de mis hijos, veo pacientes todos los días, escribo, estudio. Pero algo cambió este cumpleaños: por primera vez pensé en el envejecimiento no como una idea lejana, sino como un proceso que ya empezó.

En pediatría hablamos mucho de los primeros mil días de vida, de la importancia de sembrar salud desde temprano. Pero casi nunca hablamos con la misma pasión de cómo queremos llegar a los 70, 80 o 90 años. Y, sin embargo, esa conversación también importa.

Uno de mis mayores temores al envejecer no es solo vivir más, sino vivir peor. La demencia es tristemente común: en 2021 se estimaba que 57 millones de personas en el mundo la padecían. La edad es el principal factor de riesgo, pero no es el único. La inflamación crónica, el deterioro del sistema inmune y la pérdida progresiva de función en distintos órganos forman parte de ese desgaste silencioso que asociamos con “hacerse mayor”.

Por eso me llamó la atención un artículo reciente que analiza algo que podría cambiar nuestra forma de pensar el envejecimiento: la vacuna contra el herpes zóster —la conocida “culebrilla”— podría reducir en un 20% el riesgo de desarrollar demencia en los años siguientes a su aplicación.

El herpes zóster ocurre cuando el virus de la varicela, que puede permanecer dormido en el cuerpo durante décadas, se reactiva. Sabemos que puede causar dolor intenso y complicaciones en adultos mayores. Por eso, muchas autoridades sanitarias recomiendan vacunarse entre los 65 y 80 años, dependiendo del país.

La vacuna más utilizada actualmente no contiene el virus vivo, sino proteínas específicas del virus que actúan como una “foto” para que el sistema inmune aprenda a reconocerlo y controlarlo mejor.

Lo interesante es que investigadores han aprovechado los cortes de edad establecidos en distintos países para analizar qué ocurre con grandes poblaciones vacunadas. Estudios en Australia, Nueva Zelanda, Gales y la provincia de Ontario, en Canadá —que incluyeron a más de 460 mil personas— mostraron una reducción significativa en nuevos diagnósticos de demencia y deterioro cognitivo leve en quienes recibieron la vacuna. La mejor estimación de los investigadores es contundente: podría prevenir uno de cada cinco nuevos casos en un período de siete años.

Pero no es todo. Otro estudio, publicado en enero en The Journals of Gerontology, evaluó a adultos mayores de 70 años utilizando un “puntaje de envejecimiento saludable” que incluía niveles de inflamación y marcadores de envejecimiento del ADN. Quienes estaban vacunados presentaban menor inflamación y mejores indicadores globales.

¿Por qué ocurre esto? Aún no lo sabemos con certeza. Una hipótesis sugiere que el virus de la varicela, aunque aparentemente inactivo, podría generar un daño crónico de bajo grado que la vacuna ayuda a controlar. Otra posibilidad es más amplia y fascinante: que, al estimular el sistema inmune, la vacuna genere un efecto protector adicional, más allá del herpes zóster, fortaleciendo nuestras defensas de forma más general.

Por supuesto, todavía hay preguntas abiertas. No sabemos cuánto dura este efecto protector ni si sería igual en personas más jóvenes. Tampoco se recomienda, por ahora, adelantar su aplicación fuera de las edades indicadas sin una evaluación individual. La ciencia avanza con prudencia, y así debe ser.

Pero hay algo profundamente poderoso en este hallazgo: nos recuerda que las vacunas no solo previenen infecciones agudas; también pueden influir en cómo envejecemos.

Como pediatra, he defendido siempre la vacunación en la infancia. Hoy, a mis 43 años, empiezo a mirar también el calendario del adulto con otros ojos. No se trata solo de evitar enfermedades, sino de proteger el cerebro, reducir la inflamación y preservar la autonomía.

Envejecer no es un castigo; es un privilegio. Pero envejecer con lucidez, independencia y calidad de vida es una responsabilidad que empieza mucho antes de los 60 años.

Quizás parte de “hacer los deberes” para el futuro no sea únicamente hacer ejercicio, comer bien o dormir mejor —aunque todo eso importa—, sino también mantener nuestro sistema inmune entrenado y actualizado.

Si vamos a hablar de envejecimiento saludable, tenemos que actuar en consecuencia.

Porque vivir más años es bueno.

Pero vivirlos con claridad y autonomía es la verdadera meta.

La autora es pediatra.


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