Desde el surgimiento del istmo hace más de 3 millones de años, Panamá ha servido un rol como encrucijada para la biodiversidad, cultura y riquezas, probando las teorías acerca del origen de su nombre, incluyendo abundancia de peces, árboles y mariposas.
La historia convulsionada en nuestro camino a la soberanía nos ha forjado un fuerte sentimiento nacionalista, haciendo que muchos nos hinchemos de orgullo de poder llamarnos “puente del mundo, corazón del universo”, pero aún tenemos barreras que vencer para genuinamente validar este rol tan especial.
Según datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), los puertos de Colón y Balboa ocupan respectivamente los puestos uno y tres en el ranking de puertos de 2017, sumando 6 millones 877 mil 826 TEU movidos, lo que equivale al 28.17% de los movimientos de los 10 primeros lugares en esta lista. Si bien esto suena una cifra alentadora, más aún si tomamos en cuenta que representa un aumento del 10% respecto a 2016, la realidad es que esto no es suficiente para decir que somos puente del mundo.
Si bien Panamá ha firmado tratados comerciales con, al menos, 13 países, abriendo puertas a intercambios agrícolas, industriales y comerciales, esto realmente no significa una apertura de mercado, sino rendijas selectivas en cuanto a con cuáles países pueden nuestras empresas comerciar. Adicionalmente a la reducida lista de países con los cuales mantenemos un comercio “libre”, Panamá mantiene impuestos de importación de hasta el 60% para el sector agropecuario, generando limitaciones y cargas impositivas a las empresas y por ende a nosotros como consumidores finales de bienes y servicios.
Dentro de nuestras propias fronteras también tenemos barreras en cuanto al intercambio de talento y conocimiento que potencialmente pudiera darse en nuestro país, al mantener protecciones respecto a profesiones que solo pueden ser ejercidas por panameños por nacimiento o naturalización. Curiosamente, de las 56 profesiones identificadas como vedadas para extranjeros, podemos mencionar carreras necesarias para la continuidad de nuestro sistema de salud y el desarrollo de la investigación y desarrollo, áreas en las cuales apenas estamos floreciendo.
Son nuestras propias leyes, discriminatorias, excluyentes y arcaicas las que, bajo falsas pretensiones de proteccionismo, representan un atraso para nuestra competitividad como país y atractivo para la inversión extranjera, coartando que seamos un genuino epicentro de intercambio en lugar de un mero punto de tránsito.
Como país hemos dado pasos positivos en cuanto a la consolidación de nuestras libertades económicas, siendo esta un importante factor de generación de riqueza, pero aún queda que como panameños empoderados de nuestra libertad y soberanía, dejemos de conformarnos con ver barcos pasando. Solo abriendo nuestras puertas, eliminando restricciones, barreras arancelarias que encarecen la vida de los panameños y obstaculizan nuestra competitividad haremos verdadero honor a nuestro lema: pro mundi beneficio.
La autora es miembro de la Fundación Libertad