Punto de encuentro

El Canal de Panamá no es solo una obra de ingeniería, sino un espacio de soberanía y memoria histórica que exige respeto, consenso ciudadano y símbolos propios de la identidad nacional.

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La Llama Eterna en el Centro de Capacitación Ascanio Villalaz rodeada por 21 columnas, que representan el sacrificio de 21 jóvenes el 9 de enero de 1964. LP/Anel Asprilla

El 28 de octubre de 1886, en Nueva York, se suscitó un acto cívico extraordinario con la inauguración de la Estatua de la Libertad, donada por el gobierno francés a Estados Unidos. Desde entonces hasta hoy, este monumento se mantiene como uno de los más emblemáticos y representativos de esa nación. Ante la magnitud de semejante obsequio, solo se colocó una placa de bronce con los nombres de quienes trabajaron en su construcción; Francia no exigió estatuas ni obeliscos como compensación.

Sin lugar a dudas, la obra magna y más representativa de nuestro país es el Canal de Panamá. Cada pulgada de tierra que bordea esta vía acuática posee un valor sagrado por lo que simboliza para nuestro pequeño istmo. La historia del Canal está colmada de acontecimientos, sacrificios, actos de heroísmo y tolerancia que, por décadas, han consolidado nuestra soberanía sobre esta obra de alcance mundial.

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Buque de contenedores pasa bajo el Puente de Las Américas. LP/ Alexander Arosemena

Por ello, no resulta grata la presencia simbólica de ningún otro país que no sea Panamá en este espacio. Los hechos recientes no han sido los mejores, y quienes resulten responsables merecen un llamado de atención. Esta coyuntura ofrece, además, una oportunidad invaluable para que Panamá recupere un espacio de profundo significado y se erija allí un parque donde ondee con orgullo nuestro pabellón nacional, acompañado del nombre de los líderes que ofrendaron sus vidas por la defensa del suelo patrio.

¿Por qué no honrar en ese sitio a figuras como Ascanio Arosemena o Victoriano Lorenzo? Ambos héroes panameños que lucharon incansablemente contra la injerencia extranjera. Y, al hablar de héroes nacionales, no puede omitirse a Urracá, valiente defensor de la patria, cuyo sacrificio aún no recibe el reconocimiento que merece, reducido hoy a una pequeña efigie en la moneda de menor denominación del país.

Panamá, nación noble y agradecida con la comunidad china que participó activamente en la construcción del Canal y que ha convivido en armonía dentro de nuestro territorio, extiende con respeto la sugerencia de que cualquier obra conmemorativa pueda ubicarse en un espacio igualmente significativo, como el Barrio Chino, lugar de identidad y encuentro cultural. El origen de esta situación se encuentra en la forma en que, a espaldas del pueblo panameño, se otorgaron permisos para levantar un obelisco sin el consenso ciudadano.

Los ciudadanos de origen chino en Panamá sabrán comprender que cada país posee espacios de profunda sensibilidad histórica y emocional. Para nosotros, ese espacio se llama Canal de Panamá.

El autor es odontólogo.


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